HORA DE LEVANTARME


Ya son las doce de la noche, y es la hora de levantarme. Es agotador hacer lo mismo todas las noches, pero al menos, tengo una alarma que funciona bien y me despierta a tiempo cada día; de lo contrario, corro el riesgo de quedar sin alimento para nutrir este cuerpo decadente. Por fortuna, tengo donde caer muerto -como se dice-, pues duermo en este cómodo sarcófago, muy bien acolchado por dentro, y que me permite tener un sueño muy plácido durante el día. Si no logro poner en movimiento mi cuerpo a esa hora, me arriesgo, peligrosamente, a no encontrar a nadie en las calles y quedar sin la posibilidad de conseguir alimento. Mientras haya gente en las calles, habrá puestos de comida rápida abiertos para atenderlos. Es así cómo consigo lo necesario para comer todos los días. Todas las noches, quise decir, porque desde que me jubilé, mi pensión miserable no me permite vivir bien durante doce horas al día, necesitaría alimentos que no puedo comprar. Esta es la realidad que he debido asumir como jubilado: Dormir de día y vivir de noche. Claro que son sólo cuatro horas diarias. Lo justo para no exceder un consumo energético que requiera más alimentación que una porción de salchipapas o un completo italiano diario. Camino unas pocas cuadras, cada noche, para hacer algo de ejercicios. No me quejo, al menos sigo vivo.

Pero hay algo que sí puedo lucir con orgullo -y que es la única posesión que logré asegurar para mí antes de ser jubilado-. Un cómodo sarcófago donde caer muerto.


 

Comentarios