Los más ancianos del barrio dicen que él vive aquí desde antes de que existiera la villa. Otros, en cambio, afirman que llegó junto con los primeros vecinos que llegaron a poblar la nueva villa, y que llegó por los niños. Toda villa joven tiene muchos niños. Y cómo no va a ser así, porque los barrios se constituyen, inicialmente, de un gran grupo de matrimonios jóvenes que ven cumplidos sus sueños de la casa propia. Por eso hay mucha vida cuando los barrios nacen, y van muriendo a medida que los niños dejan de serlo. Dicen que aquella es la razón de su aparición en la villa. La verdad, nadie sabe por qué llegó al barrio, pero lo cierto es que aún continúa ahí y es toda una leyenda (de la que nadie conoce su verdadera historia). En un comienzo, los niños lo visitaban todos los días y hasta muy entrada la tarde, hasta que sus padres y madres salían a grito limpio a pedirles que se entraran a sus casas a dormir. Pero los niños crecieron y él envejeció. Ahora está solo y abandonado ahí mismo donde siempre ha estado. Tan sólo los pájaros lo visitan a diario, mientras que el resto sólo lo observan y recuerdan sus viejas glorias. Grandes recuerdos.
Dicen que fue hecho de madera de oregón (aunque algunos vecinos más cursis les gusta decir que es de Abeto de Douglas) y pintado por los propios vecinos. Bajo él se posaron muchos arqueros de todas las edades, algunos muy buenos y otros que descubrieron que no servían para jugar en esa posición. Fue testigo de muchos partidos legendarios, donde se medían niños de distintas calles, a veces los padres de esos niños jugaban por disputar la supremacía de una calle por sobre la otra, pero los partidos que él recuerda con más cariño, son aquellos que jugaban padres e hijos juntos, y reían y disfrutaban sin considerar el marcador de goles anotados. Todos recuerdan cada golpe del balón en alguno de sus travesaños, que ahogaron gritos de gol que no se concretaron. Otros recuerdan con gracia a aquellos arqueros que chocaron con alguno de sus tres postes intentando atajar algún balón. Nadie recuerda los goles concretados, excepto, aquellos que definieron partidos. Último gol gana, se gritaba para anunciar que el próximo sería un gol memorable.
Ya nadie juega bajo esos tres palos. Ya no quedan rastros de la malla que alguna vez usó como capa. El pasto cubre las huellas de un punto penal señalado con cal y tiza. La lluvia ha estropeado la firmeza de su madera y el sol ha desprendido el esmalte que lo cubría. Las hojas de otoño se acumulan bajo su travesaño, mientras un zorzal lo atraviesa saltando, como un jugador anotando un gol. Ya no quedan niños en la villa y los primeros habitantes han ido pereciendo, mientras, en su lugar, aparecen nuevos vecinos que no saludan a nadie, que no tienen hijos pequeños y no juegan al fútbol.
Dicen que aquel ser de tres palos que habita ese lugar desde tiempos inmemoriales, mantiene atada a la villa a su historia y que, el día en que lo desarmen y lo hagan desaparecer, si irán con él los recuerdos de las risas de los niños.

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