Recuerdo que será en septiembre, dos días después de mi santoral, el último recuerdo que tendré de quién fui antes de abandonar está existencia. Ese día me encontrarán sentado en uno de los bancos del parque frente de lo que fuera mi casa, tras salir a escuchar los pájaros, tomando el sol en la tarde. Tan sólo con los pájaros conversaré, porque mis amigos ya no estarán presentes para charlar del tiempo que fue, pues ya habrán abandonado este presente y serán sólo un recuerdo. En cambio, el recuerdo de ella estará al acostarme, cuando estire mi mano atrás de mi espalda y no encuentre a nadie. Recuerdo la cálida sensación que sentiré al tocar la piel de su mano con la mía, mientras doy gracias al universo del regalo que es tenerla a mi lado antes de dormir.
Recuerdo que será en febrero cuando estaremos tomados de la mano en un pabellón de la clínica, y yo acariciaré su frente y le diré al oído “tú puedes”, mientras ella pujará con esa fuerza que ni ella sabía que escondía dentro suyo, a la vez que apretará mi mano para amplificar esa fuerza y ese empuje, hasta ver aparecer al primer habitante de nuestra joven familia, y reirá entre suspiros de cansancio, y yo diré “mira nuestra hija”, y ella contará los dedos de su mano, únicamente, para estar segura. Ese día nacerán un padre y una madre también, mientras los esposos amantes tendrán que verse a escondidas para no despertar al bebé.
Recuerdo que será en julio cuando le diré que tengo una idea que quiero compartir con ella, y esa idea es que vivamos juntos en nuestra propia casa, a la que llamaremos hogar y donde dormiremos tomados de la mano todas las noches. Una casa frente a un parque donde hay bancos para sentarse a tomar el sol y conversar o, simplemente, escuchar el canto de los pájaros.
Recuerdo que será en enero cuando nos daremos el primer beso después de amenazarnos tímidamente con la mirada por varios meses. Nunca más sentiremos vibrar nuestros cuerpos como en aquel momento en que nuestros labios se unieron, como gemelos separados al nacer, y la felicidad tendrá una fecha para ser celebrada cada mes y cada año. La suavidad de su mano al tomarla en la mía cada vez que salgamos a caminar, será lo que recordaré por siempre al acostarme.
Recuerdo que será en agosto la primera vez que la veré y mi visión se acotará únicamente a su rostro, el mundo desaparecerá y ella será todo el mundo en ese momento. No podré olvidar la sensación que ocurrirá en mi interior al exponer mis ojos a esa maravilla que llegó desde otra ciudad, incluso otro país, y que mi ser no podrá resistir ni comprender, pero sí sentir y recordar, únicamente recordar, porque nuestro ser descubre sólo una vez en la vida dónde se encuentra su destino. Mis sueños serán diferentes a partir de ese día. Soñaré con una familia, una hija y una casa que mire a un parque para sentarnos en su banco a conversar y escuchar los pájaros. Desde ese día, amenazaré con besarla con la mirada cada vez que la vuelva a ver.
Cuánta nostalgia me provocan estos recuerdos del futuro, sobre una esposa, una familia y una casa frente a un parque, y que comenzarán a ser realidad una vez que yo nazca un día de diciembre.

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