Siempre vuelvo a Puerto Octay, a pesar de que no está emplazado en el mar, frente al océano Pacífico, y el olor que trae la brisa no es salado, y tampoco el sonido ambiente es el griterío de las gaviotas. Vuelvo a él a pesar de ser un puerto sin caleta de pescadores (ni pescadores), cuya orilla no es bañada por las olas donde flotan invisibles botes pesqueros amarrados al inexistente muelle.
Siempre vuelvo a Puerto Octay, a pesar de que ahí no existen pescaderías donde comprar pescados y mariscos frescos, que uno puede tocar con sus manos para comprobar su frescura, ni tampoco cocinerías donde comer merluza frita o caldillo de congrio o una paila marina, en una mesa familiar contemplando el mar.
Siempre vuelvo a Puerto Octay, porque siempre me recibe con una hermosa vista de su pequeña plaza, donde disfruto pasear, y el campanario de su antigua iglesia elevada y, de fondo, como un cuadro de pintura al óleo, el hermoso esplendor del enorme lago Llanquihue. Vuelvo a él, porque es como arribar a una pequeña comarca oculta donde puedo refugiarme del cansancio y la angustiosa rutina.
Siempre vuelvo a Puerto Octay, porque fue el primer lugar que visité solo, sin mi familia, cuando recién comenzaba a construir mi independencia con una carpa y una mochila al hombro, donde logré llegar por mis propios medios y sentí que había arribado a algo importante, que había conquistado algo de relevancia en mi vida.
Siempre vuelvo a Puerto Octay, porque fue el primer lugar que visitamos, junto a mi esposa e hija, cuando recién comenzábamos a construir nuestra propia familia, porque fue el lugar donde nuestra primera hija dio sus primeros pasos y donde descubrimos que también podemos hacer de una carpa nuestro hogar.
Siempre vuelvo a Puerto Octay, porque es un lugar donde puedo invitar a mis amigos como si fuese mi propio hogar, llevarlos a recorrer sus rincones, disfrutar de sus paisaje y deleitarse con su paz y tranquilidad, y porque me gusta observar sus rostros cómo se iluminan cada vez que descubren algún sencillo rincón oculto en ese pequeño pueblo ignorado por muchos.
Siempre vuelvo a Puerto Octay, porque cada vez que me siento agobiado, aturdido, confundido o disminuido, puedo ir a refugiarme en él, desprenderme de los pesados ropajes de la diaria y opresora rutina y permitir que mi espíritu salga un rato a pasear por la playa de la península hasta llegar al muelle, para luego tomar un bote y navegar en la pequeña y segura bahía, y alimentarse de serena tranquilidad. Para caminar por la pequeña plaza, cruzar su pequeño puente, subir a su pequeña glorieta y contemplar el pequeño auditorio vacío de voces exteriores, y que te invita a contemplar y llenar ese silencio interno con tu propia voz. Para contar los pasos mientras desciende y camina en dirección al café ubicado en la esquina, donde le gusta sentarse en el balcón a beber un café filtrado, junto a una galleta craquelada de chocolate y leer un libro de Roberto Bolaño. Donde mi espíritu experimienta la sensación de haber recalado en un puerto, donde mi ser completo siente que ha arribado a un destino.

Comentarios