NO CIUDAD


 No fue un enviado de los reyes católicos la persona que fundó mi ciudad. No llegó con el mandato divino de evangelizar aborígenes. Tampoco fue atraído por rumores de oro bajo estas tierras, ni de salitre ni de petróleo. No viajó hasta aquí con el sueño de conquistar, colonizar y luego poblar esta próspera tierra. No imaginó la edificación de grandes castillos entre los bosques ni de paseos en carruajes por calles adoquinadas ni grandes salones para fiestas donde poder lucir ropajes lujosos e hijas casables. No sintió entusiasmo por recibir un terreno donde construir su hermosa casa, adornarla con bellos jardines decorativos y laberintos en sus patios, donde perderse por diversión, para luego traer a su familia del otro lado del mundo a habitar la nueva casa en el nuevo mundo.


El fundador de mi No ciudad no arribó a nuestras tierras con la esperanza de convertirse en alguien importante llegado desde la madre patria, y que, por esa razón, le regalaran un buen pedazo de tierra y construir ahí una mansión grande con muchos indígenas esclavos como servidumbre, y recibir perfumes y bebidas deliciosas desde Europa, y tener exquisitos alimentos en abundancia todos los días, y disfrutar del arte y convertirse en ciudadanos de primera categoría, y convertir esta ciudad en la capital del virreinato, y contar con el beneplácito de los reyes católicos. El fundador de mi No ciudad no hablaba con siseos cada vez que pronunciaba una palabra que contuviera la letra “s” ni se jactaba de saber leer ni de saber escribir con pluma y tinta china. No hacía alarde de su dominio de la guitarra de seis cuerdas ni de sus canciones del otro lado del mar, ni tampoco de sus bailes con saltos y aplausos. No, ese no fue nuestro fundador.


Nuestro fundador fue un soldado chileno que llegó a ocupar de mala manera este terreno que pertenecía a sus habitantes originarios, que se instaló a orillas de un río y frente a un bosque nativo de la especie llamada Temu, el cuál taló para construir un fuerte donde esconder el polvorín, mientras con sus rifles de repetición iba exterminando aborígenes a mansalva. Nuestro fundador vino a saquear no a fundar. Vino a exterminar no a levantar una ciudad. Nuestro fundador se alimentó de los alimentos que traían los pocos sobrevivientes del exterminio y que, junto a otros, formaban una feria, un pequeño mercado de abastos para sobrevivir vendiendo lo poco que producía el miserable pedazo de tierra donde le permitieron vivir. Nuestro fundador ofreció protección a los primeros colonos que se instalaron cerca de su fuerte para no ser asaltados por vándalos (al igual que ellos lo hicieran con los primeros habitantes) para construir sus viviendas alrededor de él e instalar pequeños negocios de oficios para vender telas, calzados, herramientas, sombreros y armas para defenderse de los que se intentan defender. Nuestro fundador llegó desde una guerra en el norte, donde fue alimentado por los primeros habitantes de esta tierra y fue compañero de armas, hermano de armas, de muchos de ellos.


Nuestro fundador fue enviado a matar amigos y no a fundar una ciudad.


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