¿Por qué siempre ocurre que lo increíble sucede cuando estás solo, cuando no hay nadie que pueda confirmar el suceso? ¿Será que el universo reservó aquello solo para ti? ¿Qué sentido tiene apreciar algo increíble si no lo puedes compartir con alguien más? Quizás son pruebas que nos ponen por delante para aprender a mirar más hacia nuestro interior que hacia afuera. Quizás sea una prueba para aprender a guardar y cultivar nuestro interior, y no andar preocupados en lo que puedan pensar o decir los demás. Quizás, y sólo quizás, eso fue lo que ocurrió ayer, cuando la vi caer sin que nadie más se diera cuenta.
Conducía, tranquilamente, en mi auto hacia el norte sin apuro, sin música, sin compañía, sólo con el ruido silencioso de los pensamientos. Conversaciones imaginarias con personas no presentes, respondiendo a preguntas no pronunciadas, sonriendo por bromas no hechas y asintiendo con la cabeza por frases elocuentes no formuladas. Estas conversaciones jamás van a ocurrir en la realidad, tal y como las imaginamos, pero es tranquilizador pensar que pueden ser una realidad. Sobretodo, tranquilizan el espíritu cuando vas conduciendo solo en auto en un día nublado y lluvioso de verano. La calle principal va colmada de autos que llevan personas que no se quieren mojar con las esporádicas gotas de lluvia que, de pronto, y de forma inesperada, caen sobre el cemento de la ciudad gris. Las nubes, grandes, densas y oscuras, se pueden ver pasar a baja altura sobre los vehículos y casas, como si esta ciudad estuviera asentada en las altas montañas, cerca del cielo, y no en un valle rodeado por cerros y al lado de un río. La gente que transita no ha reparado en lo bajo que pasan las nubes porque, a simple vista, pareciera ser una gran niebla que atraviesa la ciudad muy lentamente, pero yo, sumido en mis pensamientos profundos, soy consciente de este suceso ante mi vista. Con mis dos manos sobre el volante, observo como algunos jirones se desprenden de la nube como motas de algodón, y pienso: eso es la lluvia, pequeñas motas de humedad desprendidas de la nube, y que ya no desean flotar, sino precipitarse. La lluvia, antes de caer como gota, es vapor húmedo, hermana del aire y del viento, y no de la tierra.
Pero aquella nube es diferente a sus hermanas. Lo noto enseguida. Ella no desea lo mismo que las otras. Ha visto la cercanía del suelo y ha decidido caer. Sí, aquella nube ha caído sobre los techos de las casas y de los vehículos, como la lenta caída de un velo se ha precipitado sobre paraguas y sombreros. Ha decido no seguir avanzando con las demás, para experimentar lo que es una vida no nómade. La gente no lo nota, piensa que se trata de una niebla densa, pero es una nube que ha decidido caer. Es notoria la diferencia para mí, pues la humedad de una nube empapa todo: los techos, las ventanas, la ropa y la piel. La niebla no tiene el mismo efecto. Sin embargo, la gente sigue pensando que es una extraña niebla. Y, sí, es una extraña nube que ha decidido caer al suelo, y dejar de avanzar, al igual que las aves que descienden para recoger granos o bañarse en los charcos, o aparearse si es primavera, para no seguir de largo. Detenerse y caer es una idea que ninguna nube ha tenido antes. Ninguna nube había deseado esto, ser distinta al resto y desear algo para sí. Creo que he sido el único testigo de aquella nube que ha preferido perecer en el suelo a desvanecerse en el aire sin una voluntad sincera de querer ser algo distinto.

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