EL MISTERIOSO CASO DE ARTURO Y EL CARRUAJE NEGRO


La obsesión de Arturo por lo oculto y hermético lo llevó a explorar sus propias capacidades. “En lo oculto está la verdad”, se decía continuamente. La verdad se encuentra oculta en un lugar donde no alcanza la luz del conocimiento, pero donde es posible llegar, si se busca con la iluminación adecuada. Arturo ha invertido toda la fortuna heredada de su familia en dicha búsqueda. Ha gastado su capital de formas incomprensibles para el resto de su familia. “¿Cómo es posible que una persona tan bien instruida actúe de manera tan irracional?”, le increpaba su tío, por el lado paterno, Remigio. Y es que, a veces, Arturo se veía involucrado en cosas riesgosas e incomprensibles, buscando aquella verdad tan huidiza.

Pero su intensa búsqueda no ha pasado desapercibida. Recientemente, Arturo ha recibido una carta lacada que lleva el sello de una antigua logia -que se pensaba inexistente-, para hacerle una invitación algo extraña. “Hemos descubierto el camino hacia la verdad, señor Arturo, esa que usted tanto busca, y le invitamos a conocerlo, si es que tiene la valentía de hacerlo”, rezaba el mensaje contenido en la misiva. La búsqueda de la Verdad, pensó Arturo, es aventurarse en lo desconocido, en el miedo más primigenio del ser humano. Por lo tanto, dicha búsqueda requiere de mucha valentía. Pero Arturo no había invertido toda su fortuna en ello para arrepentirse justo en ese momento. Así es que, aceptó la invitación. Le vendaron los ojos y lo subieron a un carruaje negro completamente cerrado. Incluso, el cochero y los caballos eran negros. “Para entrar en la verdad, debe hacerlo a ciegas”, es la instrucción que le dieron, mientras le vendaban los ojos. Fue la única instrucción. Por medio del oído y las vibraciones en su cuerpo, pudo distinguir que el carruaje corría por un suelo empedrado; luego por tierra firme; luego por terreno fangoso. De pronto, el entorno se volvió acuoso y los caballos parecían nadar hacia su destino. Luego pudo oír su aleteo, mientras en su cuerpo podía sentir la ingravidez. Al instante siguiente, pudo oír el carruaje atravesar un paisaje de volcanes en erupción, y las pezuñas de los caballos, sonaban como grandes proyectiles de roca sólida.

El carruaje avanzó y avanzó hasta que Arturo perdió la noción del tiempo. Y siguió avanzando después de esto, hasta que sintió que el carruaje había desaparecido. Entonces, Arturo abrió los ojos cuando percibió que ya no tenía vendas sobre los ojos. Y entonces lo vio.


Arturo no volvió nunca más. Nadie supo de él y su paradero. Su familia le dio por muerto, en alguna de sus incomprensibles aventuras. Y, lo cierto, es que Arturo dejó de existir, pues se convirtió en la verdad.


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