UNA INVITACIÓN SOÑADA


Cada vez que él dice que me sueña, yo me río de él. Me da aún más risa, porque lo dice mientras vamos juntos, de camino al colegio, y él va caminando a mi lado con ese uniforme tan azul y formal que le queda corto de mangas y, además, lleva ese peinado tan perfecto que le hace su mamá todas las mañanas.

Le digo: ¡Deja de hablar tonterías y juega mejor! Es tu turno. Entonces, se queda parado y mira la paleta de playa en una mano y la pelota en la otra. ¡Juega, hombre!, le repito para que reaccione. Me responde: es que tengo el brazo derecho vendado, porque me acaban de reparar el hueso del codo y no debo jugar. ¡Pero quién se va a dar cuenta!, le digo para animarlo, ¡y quítate ese uniforme ridículo que no te sirve para jugar!, pero él vuelve a detenerse, una vez más, frente a la reja de la casa de su vecina, la que está conversando en el jardín con su mamá, mientras él les vuelve a mostrar que ya puede hacer la posición invertida, y entonces se vuelve a dislocar el hombro y cae acostado en una camilla de la urgencia del hospital, mientras una enfermera a su lado alaba su valentía por no llorar.


¿Otra vez lo mismo?, le pregunto.

¿Cuándo volveremos a bañarnos en el río Chol-Chol, Mauricio? ¿Cuándo lo volveremos a pasar bien?


Por eso me da risa cuando me dice que él me sueña, como si fuera el dueño y señor de este lugar. Todavía no comprende que es él el soñado.


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