EL PODER DE LA MIRADA


Finalmente, la vida es una completa ironía. Es decir, si no intentas alcanzar tus metas y te quedas pasivo sin hacer nada, la vida va y te castiga, pero si te decides a trabajar por ellas, también te castiga ¿Quién comprende esto? Te lo repiten todo el tiempo: no hagas caso a nadie, sólo sigue tus sueños. Y aquí estoy en este momento, sentado en la casa de mis sueños, que me costó mucho trabajo hacer realidad, pero solo. Completamente solo. Solitario como el rey Midas en su castillo. Con mis propias manos y esfuerzo construí la casa donde siempre quise vivir y, ahora que lo he conseguido, no me siento feliz por haberlo logrado ¿Alguien me puede explicar esto? Mi idea de casa ideal siempre fue la que engaña a la vista, que sorprende. Una trampa visual, una ilusión óptica. Es decir, una casa que por dentro es un cubo de concreto, dividido en cubículos conectados por escaleras, todo de color blanco. Muy Bauhaus el interior, pero por fuera, es otra cosa. Todo forrado con piedra laja de formas irregulares, simulando el corte de un acantilado, con una caída de agua por el lado del frente y césped en la parte superior. Incluso, para llamar al timbre de la casa, hay que introducir la mano entremedio de la caída de agua ¡Genial! Siempre quise vivir en una casa así y ahora la tengo, pero no tengo con quién vivir en ella.

En realidad, no estoy del todo solo, porque me acompaña Jorge, mi fiel compañero, y quizás él me pueda explicar esta paradoja de la vida. Dime algo, Jorge, hazme comprender por qué me encuentro sólo con tu compañía en la casa de mis sueños. Si tan solo los perros pudieran hablar en español, estoy seguro de que me harías comprender lo que me sucede. Tú has estado en todo momento junto a mí. Observador, silencioso y privilegiado, de la persecución incansable de mi sueño. Fija tu mirada en mis ojos, Jorge, quizás podamos comunicarnos telepáticamente. Vamos, inténtalo, Jorge, inténtalo.

Tus ojos transmiten mucha tristeza. Una nostalgia permanente se ve en ellos. Hay un brillo inusual que puedo ver en el fondo de tus ojos, como una canica muy lustrada y expuesta a la luz. Penetro aún más en esa mirada, inclinando mi cabeza con gesto de curiosidad, para intentar comprender si es felicidad o tristeza la emoción que hay en ellos. Mis orejas se ponen rígidas al descubrir que es tristeza lo que hay en el fondo ¿Por qué te ocurre eso? No lo entiendo. Recuerdo con mucho agrado el momento en que nos conocimos por primera vez. Tú eras feliz junto a tus crías y tu hembra. Yo lo percibía. Se abrazaban y acariciaban con afecto, y me acogieron como uno de ustedes. Felicidad es lo que reflejaban tus ojos en ese entonces. No cabía duda. Pero ahora es otro el brillo que hay en ellos. Recuerdo cuando comenzaste a construir este gran cubil (demasiado espacioso para mi gusto y donde no se siente el calor), con mucho afán y entusiasmo, dando caricias con tus labios en las cabezas de tus crías. También acariciabas a tu hembra con los labios. Felicidad es lo que me dabas entonces. No había duda de ello. Aún lo recuerdo. De pronto, comenzaste a irritarte. Te enojabas con todos. Incluso a mí me diste una patada en una ocasión, y yo no entendía por qué. Habían unas personas que traían cosas para tu nuevo cubil y que no te gustaban; en otras ocasiones, no traían nada y te enojabas igual. Si tus crías tocaban esas cosas para el cubil, te enojabas con ellas. Yo no entendía nada. Me apenaba ver que la felicidad se fue de tu mirada, así como también lo hicieron tu hembra con tus crías.

Son muchos los años que he compartido la compañía contigo. Ya me queda poco de vida y me da pena dejarte en la soledad de este lugar tan frío. Quizás, alguna vez, antes de morir, logre comprender por qué dejaste de ser feliz.



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