EL PAPEL QUE JUEGA CON MARGARITA


Margarita guardó el papel en el bolsillo, no tenía claro si leerlo o dejarlo en la caja de siempre. Primera vez, desde que posee aquel papel, que tiene esta duda. Se sentía orgullosa de no sucumbir ante la curiosidad del contenido de aquel papel. Para sí, solía decirse que aquel papel se podía extraviar y a ella no le afectaría en lo absoluto. El poseer aquel papel sin leer era su prueba de fortaleza y entereza. No me interesa su contenido, se decía a sí misma con frecuencia. Nadie más que ella sabía de la existencia de aquel papel, pues nadie más se debía interponer entre el papel y ella. Ninguna voz maliciosa que le cuestionara, diciendo: ¿No te da curiosidad conocer su contenido?. O, simplemente, que alguien le hiciera la siguiente oferta: Dame ese papel a mí, para que yo lo lea, pero no te digo lo que dice, así conservas el secreto, pero lo puedes consultar conmigo por si alguna vez se te extravía ese papel. Nadie más que ella tenía derecho a leer el contenido de aquel trozo de papel. Absolutamente, nadie. De hecho, era la única persona con derecho a no leerlo. Es el derecho que reclamó para sí misma: el de no leer lo que dice ese papel. Pero hoy ha sido un día perturbador para Margarita. Por primera vez, ha dudado. Una emoción que hasta el momento no había experimentado, en relación con aquel trozo papel. Dudó si leer el papel o dejarlo en la caja, y esto no le había ocurrido nunca antes. Pensó en que algo extraño debe estar ocurriendo con ella ¿Será que con la edad me han crecido los miedos, las dudas y la inseguridad?, se preguntaba Margarita. Sí, se siente insegura el día de hoy. Piensa en que se puede morir en cualquier momento sin conocer el contenido de aquel papel que juró nunca leer. Siente que su fortaleza se debilita. Ahora duda, y esto no le había ocurrido nunca antes.

¿Cómo fue que aquel papel llegó a su poder? Una amiga le dio la dirección de una persona que leía el tarot. Por aquellos días, a Margarita le atormentaba una idea: saber cuándo iba a morir. Le producía temor no estar preparada cuando llegara ese momento. No tener su espíritu en paz para aquel instante, le preocupaba. No haber perdonado todo lo que debía perdonar. No haber pedido todos los perdones que debía pedir. Tener abrazos pendientes. Tener agradecimientos pendientes. Tener reconciliaciones pendientes. A todo esto le temía Margarita y, por esa razón, le atormentaba conocer pronto la fecha exacta de su muerte. Así fue como un día se encontró sentada enfrente de aquella mujer que leía el tarot. Y la tarotista le dijo ¿Qué quieres preguntar al tarot? Y ella respondió: el día exacto de mi muerte ¿Estás segura de lo que quieres preguntar?, le dijo la mujer. Claro ¿Por qué lo dice?, preguntó Margarita perturbada. Hasta ese momento, estaba segura de lo que estaba haciendo. Pues, te lo pregunto porque ¿Podrás vivir en paz esperando el día exacto de tu muerte? ¿Será la vida que deseas vivir? ¿Encontrarás la paz que buscas si conoces esa fecha?. La tarotista introdujo un nuevo miedo en el espíritu de Margarita: el miedo a la Verdad. Entonces, Margarita se cuestionó sobre la validez de su búsqueda y, en ese mismo momento, decidió que viviría mejor sabiendo que había un día exacto en que ocurriría su muerte, pero que disfrutaría todos los días, del resto de su vida, como si fueran el último. Así fue como Margarita le pidió a aquella mujer del tarot que anotara la fecha exacta de su muerte en el trozo de papel que portaba en su bolsillo. Y estuvo segura y orgullosa de su decisión hasta el día de hoy.

Insegura, Margarita introduce su mano en el bolsillo, mientras transita por el medio de la Plaza de Armas de Temuco, inquieta por esta sorpresiva inseguridad que la invade. Se detiene angustiada, moviendo su mano en el interior del bolsillo sin encontrar su tan preciado trozo de papel. Nerviosa hurga con violencia el interior de su bolsillo buscándolo. Al darse cuenta de que ya no está ahí, mira asustada alrededor oteando con la mirada las baldosas por las que ha transitado. De pronto, divisa el trozo de papel que ha caído unos metros más allá. Pero un hombre alto pisa el papel y se le pega a la suela del zapato; luego, avanza unos metros más allá y el trozo de papel vuelve a quedar en el piso, pero esta vez en unas rendijas de ventilación que sustituyen a las baldosas de la plaza y, justo en el momento en que Margarita se aproxima deprisa a rescatar su trozo de papel, una ráfaga de viento impulsa a aquel trozo de papel para que se introduzca por las rendijas y se pierda de vista.

Margarita, angustiada, se sintió morir en ese momento. Sintió que su vida se había terminado para siempre.



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