AÚN ME ACUERDO


Me acuerdo de sentir por primera vez la presencia de mis piernas, después de la gran caminata en ascenso hasta la Piedra del Águila. Hasta ese día, no había notado su presencia en mi cuerpo. Me refiero a mis piernas. Estaban duras y apretadas por la extensa y ardua caminata. Al día siguiente, no me podía poner en pie desde la cama. Me acuerdo ser consciente de cada músculo de mis piernas y de lo importante que eran para caminar y, sobretodo, para ascender. Me acuerdo que, en aquella ocasión, dejamos el vehículo estacionado en Contulmo e iniciamos nuestra marcha hacia Piedra del Águila con energía y entusiasmo. De ella, volvimos tarde y agotados. Fue una experiencia inolvidable.


Me acuerdo, en otra ocasión, de haber gritado tanto que casi pierdo la voz. Mis cuerdas vocales dolían como nunca antes había sentido. Recuerdo que el pequeño Claudio se nos extravió y salimos todos a buscarlo. Me acuerdo que gritaba con desesperación, pensando que tal vez no lo veríamos más, y que ya no dormiría con nosotros. Me acuerdo que, al igual que lo que me ocurrió en Piedra del Águila, como nunca antes sentía la presencia de mis cuerdas vocales en mi garganta y tomé consciencia de su importancia. Me acuerdo que las sentía arder en mi garganta, y que el hecho de hablar era algo doloroso. Aún me acuerdo de aquella extraña sensación.


Me acuerdo, también, cuando me di un martillazo en el pulgar izquierdo, y de cómo sentía palpitar mi dedo como si fuera un nuevo corazón que me había nacido ahí. Me acuerdo del color morado que adquirió al día siguiente, y de lo difícil que era tomar los objetos con el dedo pulgar lesionado. Me acuerdo de la vez que casi me rebano el dedo índice de mi mano izquierda cortando cebolla con un cuchillo muy filoso. Me acuerdo que había tenido una fuerte discusión y que estaba de mal humor picando la cebolla con aquel enorme cuchillo de cocina. Me acuerdo que lloré mientras me limpiaba el corte, pensando que quizás podría perder aquel dedo. Me acuerdo cuando me dio una tortícolis y no podía girar el cuello, y de lo inútil y ridículo que me sentí por eso. Me acuerdo cuando un lumbago no me dejó levantarme de la cama. El dolor en la espalda era lacerante y cualquier movimiento implicaba un dolor en todo el cuerpo. Me acuerdo de las diversas oportunidades donde, la falta o atrofia de una parte de mi cuerpo, me hizo tomar consciencia de su importancia. Me acuerdo que en aquellas ocasiones fue que acuñé el término "uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde". Aún me acuerdo de aquella lección de vida.


Me acuerdo de sentir el calor sobre mi piel en verano, recostado sobre la arena y de espaldas al sol. Me acuerdo de la presión del calor sobre mi piel, y de lo agradable que era sentir eso. La piel es un gran órgano sensorial y perder la sensibilidad en la piel, es otra de las experiencias inolvidables. Me acuerdo cuando me inyectaban anestesia en el dentista, por ejemplo, y de lo peligroso que era no poder sentir, porque te podías morder o quemar y no darte por aludido. Me acuerdo, también, de cuando el sol comenzó a ser dañino y de cómo quemaba la piel con fiereza. Me acuerdo que no era una sensación agradable, el sentir que te estabas quemando como si estuvieras sobre una parrilla y eras preparado para un gran festín extraterrestre. Alguien del espacio vendría a saciarse de ti una vez que estuvieras completamente asado. Me acuerdo que pensaba en tonterías como aquella, mientras sentía aquella sensación hiriente del sol en mi piel.


Me acuerdo de casi todas las sensaciones que se podían percibir en mi cuerpo orgánico con el que nací, y no en este cuerpo sintético que usamos todos ahora, para poder habitar este planeta que se ha vuelto no apto para los seres humanos.



Comentarios