Cuando uno llega a una cierta edad, en que todo comienza a perderse tras la sombra de la memoria, aparecen unas ansias incomprensibles de visitar nuestro pasado, de concluir lo que quedó inconcluso. En definitiva, terminar de cerrar aquellos círculos no cerrados para darle un sentido a esta vida que ya se va.
Es por esto que he tomado la decisión de volver a visitar la ciudad de Temuco después de tantos años, porque fue el lugar donde en mi juventud conocí a una joven llamada Penélope y de la que estuve locamente enamorado. Quiso el destino que lo nuestro tuviese un ingrato revés. Mi familia debía mudarse a Chillán por un traslado que se le imponía a nuestro padre y que estaba asociado a un considerable aumento en su sueldo, cosa que nos beneficiaría a todos. Y es así como un día de verano me despedí de Penélope en el andén de la estación de ferrocarriles de Temuco, con la promesa de volver por ella antes de que el otoño deshoje los sauces.
Pasaron los años y no fue posible cumplir con la promesa que le hice aquel último día que nos vimos. Intenté hacer contacto con ella por medio de cartas enviadas a su domicilio; incluso conseguí el teléfono de su casa para llamarla, pero me indicaron que ya no vivía en ella. Por otro lado, gente conocida afirmaba que nunca más volvieron a ver ni a saber de Penélope desde el día de nuestra despedida. Resignado al ver el fracaso de mis esfuerzos, continué mi vida lo mejor que pude. Cuatro hijos producto de un matrimonio que no terminó bien fue lo que dejé atrás en Chillán. Me cansé de perder el tiempo en esfuerzos que no me hacían feliz, así es que, cerca ya del final de mi vida, decidí salir a encontrar aquella felicidad que dejé escapar en Temuco.
Ahora, al arribar una vez más el andén de la estación de ferrocarriles de Temuco, la sorpresa me embargó inesperadamente. Sentada en un banco de color verde, hecho de madera de pino, descubrí a la misma joven Penélope de la que me despedí hace ya muchos años atrás, en aquel mismo andén.
Asombrado, corrí hacia ella. Me acerqué, la miré a los ojos y le dije:
-Penélope, mi amante fiel, soy tu amor. Regresé.
Ella posó una mirada nostálgica sobre mí y me respondió:
-No, no eres quién yo espero.

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