La playa se ve preciosa, repleta de familias reunidas tomando sol, y niños y niñas haciendo palacios de arena. El sol nos acompaña con su cálida mirada que broncea nuestra piel. Nadie anda con apuros. Todos descansan estribados en la arena. Además, no es posible desplazarse rápido por la arena, pues sobre ella, todo es más lento. Incluso los pensamientos.
Lejos de la rutina y las obligaciones me puedo tomar un tiempo para contemplar a mis hermosas hijas. Cada una ha ido madurando a su ritmo y definiendo su personalidad y carácter, que hace que se diferencie una de la otra. Cuando eran más pequeñas parecían todas iguales, pero a medida que iban creciendo, se volvieron seres individuales e individualizables.
La mayor de ellas, ha desarrollado un carácter firme e indomable -como el de su madre-, con clara consciencia de quién es y hacia dónde quiere ir. Guía con mano firme el timón de su vida. La hermana que le sigue en edad, también le sigue los pasos, pero no para ser como su hermana mayor, sino intentando encontrar su propio destino y propósito. Es claro que no quiere adquirir ese carácter severo de su hermana, pero sigue de cerca sus aciertos y equivocaciones para no cometer los mismo errores en su propia vida. Veo cierta sabiduría en ella -quizás heredada de mi padre-.
La menor es mi incertidumbre y preocupación. Ariel quiere ir en búsqueda de rumbos imposibles. Hay un lugar al que cada uno de nosotros pertenece y, desde ahí, se puede proyectar hacia posibles futuros. Pero no es ésta la búsqueda de Ariel. Ella prefiere escoger lo imposible como su destino. “No quieras ser como ellos”, le aconsejo con frecuencia. “Tú no eres como ellos. Nosotros no pertenecemos a ese mundo. Tú no perteneces a ese mundo. No huyas de esta realidad que es nuestra. Acéptalo”. Pero Ariel insiste en conseguir su objetivo. Y no la culpo del todo por intentarlo. Al fin y al cabo, se ha enamorado de un chiquillo y está dispuesta a todo por conseguirlo. Eso, creo, lo heredó de mí.
Ya se ha hecho tarde y es momento de retirarnos de la playa. El vigía ha dado la señal de que debemos volver a nuestro hogar, arrastrando nuestras pesadas colas hacia el agua para volver a nuestro mundo submarino, pues allá a lo lejos vienen los humanos a ocupar la playa.

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