Era un acto de imprudencia salir a las calles de la ciudad, pues la serpiente Cai Cai andaba merodeando e inundando las calles y pulmones con su Covid-19. Los días se tornaron grises y tristes, al igual que el futuro. Del mismo modo, nuestros corazones se tornaron grises y tristes, así como nuestra esperanza. La noche fue más oscura y fría, sin darnos posibilidad de huir de ella. También nuestros espíritus se volvieron oscuros y fríos, encarcelando nuestra voluntad de ser felices. El asedio de la serpiente fue tremendo e incesante, pero las personas imprudentes abundaban de igual forma. No logran ver la muerte invisible y, por lo tanto, no le temen. Hay que ver a los muertos en su cajón para aprender lo que es la muerte, decían. Hay que verla para aceptarla, repetían. Pero Cai Cai trajo la muerte invisible, sin ataúdes que abrir ni funerales que asistir.
Antü tomó distancia social con la tierra, alejándose todo lo que pudo de ella, haciendo que la luz huyera de la nag mapu. A través de las ventanas de las casas se divisaban solo nubes de desesperanza. La voz de la gente se apagó en las calles. Ya nadie gritaba, desde el alma, las injusticias diarias. Ya nadie declamaba la poesía, de una conversación de amigos. El sonido de las palabras huyó de las calles y tan sólo se oía el “Cai Cai, Cai Cai” de la serpiente. Ella arrojó el Covid-19 a nuestros pulmones y ahogó nuestro grito.
Pereció mucha gente, en aquella inundación, y la luz de la esperanza fue huyendo de nuestros corazones ¿Es que acaso ya no creemos que la Humanidad es una gran comunidad donde buscamos calor y protección? ¿Es acaso el dinero el culpable de que hayamos dejado de creer el uno en el otro, la una en la otra, pu peñi pu lamgen? La luz que iluminaba nuestro futuro era una luz de neón, una luz artificial y finita.
Olvidamos que, aunque no lo veamos, el sol siempre está. Antü siempre nos observa desde el cielo y, aunque dejamos de creer en él, él no dejó de creer en nosotros. Así fue como Antü inició su camino de vuelta a la tierra, realizando su Wüñol Txipantu. Y, junto a él, volvió la luz de la esperanza. En las calles se pudo oír otro grito. Un grito nuevo: “Treng Treng, Treng Treng”. La gran serpiente vino a nuestro rescate, una vez más. El enfrentamiento de las dos serpientes fue en las calles, y fue extenso y tremendo. La rivalidad de ambas no parecía dar tregua ni traer paz a la población. Sin embargo, cuando el poderío de Cai Cai parecía triunfar, Treng Treng se enrolló sobre sí misma, y así formó una gran casa donde se refugiaron todos los füta chachai, ñuke papai, weche wentru y ülcha domo que fueron salvados del Covid-19 para formar el nuevo pueblo.
Este fue el nuevo comienzo. Un nuevo sol para una nueva vida.

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