UN NUEVO SOL

Dicen los ancianos que esta historia no ocurrió, pero que podría ocurrir.

Dicen que el sol huyó de esta tierra y que nos privó de su luz. Ya no volverá más. Cuentan los ancianos, que fuimos advertidos de lo que ocurriría si seguíamos haciendo lo mismo, pero no quisimos ver ni oír lo que nos decían. Ciegos de soberbia nos hicimos los sordos. Y así ocurrió que el gran Antü le dio la espalda a nuestra tierra. A nosotros. La Ñuke Mapu ya no recibe su luz desde lo alto. Sus rayos ya no nos bañan. Su luz ya no nos ilumina.
Dicen que fuimos castigados por todos los árboles que cortamos. Por todos los peces que pescamos. Por todos los animales que faenamos. Por todo el daño que causamos, una y otra vez, ciegos de soberbia y sordos.
Pero no fue por aquel árbol que un día cortamos para hacer una mesa -cuentan los ancianos-, sino por todos los demás que cortamos.
No fue por aquel pez que un día pescamos para comer en familia, sino por todos los demás que pescamos.
No fue por aquel animal que un día sacrificamos para celebrar una visita importante y querida, sino por todos los que matamos de más.
La gente de la tierra nos advirtió sobre el respeto a la mapu, pero no quisimos ver ni oír sobre lo que nos advertían. Dicen los ancianos que los kimche lo advirtieron: “la tierra no es nuestra, sino que nosotros somos de la tierra”, pero no les tomamos en cuenta el consejo. Ni siquiera escuchamos a nuestros propios sabios. Los científicos del mundo entero lo advirtieron, pero los ignoramos y seguimos viviendo de la misma forma impetuosa e irresponsable. Ciegos y sordos.
Nos vestimos con costosos trajes hechos de narcisismo y hedonismo y nos burlamos de la tierra olvidando que el astro luminoso es más soberbio que todos nosotros, como dicen los ancianos. Él no permite que le miremos a la cara. Eso le ofende. No permite que caminemos con la frente en alto, sino que agachados. Le gusta nuestra humillación para que sintamos lo minúsculos que somos, según cuentan los más antiguos. Somos pequeñas criaturas con aires de grandeza, dicen. Y por eso, para que no olvidemos eso, es que el sol se ha ido y nos ha privado de su luz. De esto modo fue que, por nuestra sordera, nuestra soberbia también se ha ido y hemos quedado ciegos. Esto es lo que cuentan los más sabios.

Dicen que ocurrió a comienzos del otoño. El tiempo que el pueblo mapuche llama Rimü: el tiempo de descansar, de refugiarse y guardar esperando el comienzo del nuevo ciclo. El período en que la vida queda suspendida, pero latente, preparándose para el nuevo amanecer. Aquel que llega con el tiempo llamado Puken y que comienza con el solsticio de invierno. Pero la espera fue en vano.

¡Elkaltun, elkaltun! Sólo oscuridad recibimos. Y, si no hay luz del sol -dicen los ancianos-, olvidaremos los colores que nos regalaba la nag mapu. Los pehuenches ya no dirán lig indicando la nieve, pues sin la luz del sol no podrán ver el color blanco. El lafquenche ya no dirá kalfu indicando el cielo, pues sin la luz del sol no podrá ver el azul. Los williches no dirán kelü observando el atardecer, pues no verán el color rojo. La machi no dirá karü indicando su canelo, pues el color verde no será visible. Tan sólo el kurü, el color de los calcu, será el que nos rodee, dicen los sabios.

Nuestra soberbia fue tan grande que no consideramos al mapuche como nuestro hermano mayor. No creímos en ellos -cuentan los sabios- y caímos en la desesperanza creyendo que nada podría hacer que el sol volviera. Pero el mapuche es más sabio que nosotros -dicen los ancianos- y desde siempre ha hablado el idioma de la tierra. Así fue que un gran nguillatún fue convocado. Desde todos los rincones llegaron los mapuche. Y los peñi se cubrieron con sus mantas y danzaron un gran purrún, alrededor del rewe y en círculos, una y otra vez -cuentan los ancianos-. Y las lamgen se vistieron con sus mejores colores. Se reunió todo el alimento (que aún quedaba) para ofrecer en abundancia a Ngenechén. Y el ruego fue atendido -cuentan los ancianos-.

Antü volvió nuevamente su rostro hacia nosotros -dicen los sabios- y su luz volvió a brillar sobre la nag mapu. Gracias al Chau Ngenechén, Antü volvió a creer en nosotros. Pero no fue obra nuestra -cuentan los ancianos-, sino que mérito de la fe inquebrantable de nuestros hermanos mayores mapuche. Y fue así que, luego de un tiempo de oscuridad, tuvimos un nuevo wetxipantu -cuentan-. Chaltumay pu peñi pu lamgen.

Dado que el pueblo mapuche ve la vida entera como un círculo que vuelve, y se repite iniciando nuevamente, es que dicen los ancianos que esta historia no ocurrió, pero que es muy probable que pueda ocurrir.

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