![]() |
| (Ilustración: Carlos Pérez Lagos) |
Se cae y me caigo. Se derrumba y me derrumbo.
Se enferma y me enfermo. Se muere y me muero.
Mi Padre ha muerto. Mi hijo ha muerto.
Mi padre era demasiado grande, para ser un hombre, y yo demasiado chico para alcanzarlo. Su voz era el sonido de los árboles del bosque mecidos por el viento. Su mirada como filo de hacha. Su abrazo como sacos de trigo. Su sabiduría conversa conmigo aún. Era demasiado chico cuando se fue.
Su muerte fue un agujero en el estómago. Un grito que no llegó a convertirse en sonido. Un trozo de madera macheteado que nunca será el tallado que debía ser. Yo me quedé a medio camino. Me sentí a medio camino: paralizado y sin avanzar. Ya no había nadie a quién agradar. No había nadie a quién ganarle el amor. Quise llenar ese espacio intentando agradar a todo el mundo. Pensaban que sería político o sacerdote. Quise ganarme el amor de todo el mundo, pero nadie se parecía a él. Nada se parecía a cuando intentaba agradarle a él. Cuando intentaba ganarme su amor. Nadie se parecía a él. Nadie era como él... excepto mi hijo.
Mi hijo trajo a mi padre a la vida. Mi hijo era mi padre. La misma voz, la misma mirada, la misma sabiduría. Por eso le di el nombre de Padre a mi hijo. Mi hijo Padre era demasiado grande para ser un hombre. Su voz mecía los árboles del bosque. Su mirada te cortaba. Su abrazo te amasaba. Su sabiduría conversó conmigo. Y yo me hice diminuto cuando se fue.
El sonido de un grito hizo un agujero en mi estómago. Las heridas tallaron mi piel. El camino se acabó. Mi camino terminó. Mi padre ha muerto. Mi hijo Padre ha muerto. Ahora tan sólo me queda soplar a los árboles del bosque, talarlos con la mirada, tallar sus rostros en ellos, abrazarlos a ambos y conversar con su sabiduría.

Comentarios
Gracias por comentar.