Cuento hasta cuatro y salgo del ropero. Ella ha terminado de hacer mi cama y ha salido de mi habitación. Me molesta su presencia. Me molesta su voz. Me molesta su mirada. El aire de mi habitación se llena de su perfume rancio (ese olor a agua de florero). No tolero a mi madrastra. Me escondo de ella para no tener que verla ni hablarle. Además, se mete en mis cosas. No le gustan mis libros. En general, no le gustan los libros. No le gusta leer. No le gusta nada de lo que a mi me gusta y a mi no me gusta nada de ella.
Cuento hasta cuatro, porque es la cantidad justa de pasos hasta llegar a mi velador y sacar mi libro favorito. Un libro que habla sobre un niño como yo, que tiene el mismo nombre que yo, que tiene un dormitorio como el mío y vive en una casa como la mía. Sin embargo, en el libro hay magia (no como en mi realidad). Ocurren cosas mágicas y, por esa razón, es mi libro favorito.
Cuento hasta cuatro, mientras doy saltos para alcanzar la ventana de mi habitación y sentarme en ella. Me gusta leer ahí, porque mi ventana está cubierta de hiedra por fuera, y da la impresión de estar espiando el exterior desde un bosque frondoso. La luz del sol es ideal y el verdoso paisaje también. Entonces, cierro los ojos y busco a tientas, con las yemas de los dedos, el marcador que señala la página donde debo retomar la lectura.
Cuento hasta cuatro, justo a tiempo para abrir los ojos y también la página buscada. Reanudo la lectura y siento como, antes de llegar al final de la línea (y es lo que me gusta de los libros que me gustan), ya estoy sumergido en la historia nuevamente: “...El niño protagonista (que se parece a mi y tiene mi mismo nombre) avanza deprisa por el bosque. Se encuentra exhausto. Ha huido de un sapo enorme con cuernos de Pudú que tuvo que enfrentar, junto a un pozo de agua, mientras se detenía a beber, luego de haber corrido toda la noche. Una orda de hombres-rata lo han perseguido, sin cesar, durante toda la noche, desde que huyó del castillo de la bruja. Es un castillo maldito que reina sobre una tierra muerta habitada por seres oscuros. Se detuvo a beber un poco de agua y el enorme sapo lo ha amenazado con devorarlo si no resolvía un acertijo. El sapo expelía un olor nauseabundo pero, afortunadamente, el niño protagonista (que se parece a mi y tiene mi mismo nombre), haciendo uso de toda su astucia, ha resuelto el acertijo justo a tiempo para huir de los hombres-rata que se enfrascaron en una lucha sangrienta con el sapo enorme. El espectáculo es grotesco, incluso morboso, pero no puede detenerse y debe continuar su huida. No tiene tiempo que perder. Debe llegar lo antes posible al castillo y advertir al rey que, la hermosa mujer con la que pensaba casarse es, en realidad, una malvada bruja. La que hizo, del castillo que huyó, un castillo maldito rodeado por una tierra oscura. Continúa sin descanso a través del espeso bosque pero, de pronto, el niño llega a un límite en el bosque y emerge en un claro de sol donde se encuentra con una casa. Una casa muy extraña. Parece un castillo, pero más pequeño. El niño se inquieta mientras observa la casa. Descubre artefactos extraños y desconocidos en ella: unas bolas de luz transparentes que cuelgan e iluminan; los cerrojos son metálicos; el techo está cubierto por planchas de metal. Parece más bien una fortaleza. Se detiene a observar una ventana en el segundo piso. Una ventana cubierta de hiedra, donde hay un niño sentado con un libro y que, de pronto, abre los ojos y también el libro que tiene entre las manos, para leer mi historia”.
Cuento hasta cuatro. Cuatro veces golpean la puerta y, los golpes, me despiertan. Es mi madrastra que viene a avisar que baje, porque es hora de tomar once. Detesto sentarme a la mesa con todos ellos, porque mis hermanastros tienen cara de ratas y mi padre babea por esa mujer que es una bruja.

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