UN CAFÉ EMBARAZOSO

Este era una de aquellos días. De esos días en que todo está bien, todo brilla, todo es felicidad y no hay nada ni nadie que lo pueda estropear. Así se sentía él esta mañana.
Salió a caminar tan sólo por dar un paseo. El cielo era celeste, salpicado con unas pocas nubes blancas, y el verde se veía más verde que de costumbre para servir de tapiz y hacer resaltar los colores de las casa del vecindario. El barrio estaba exageradamente normal y tranquilo.
Él caminaba saludando a las vecinas asomadas a sus ventanas y a los vecinos afanados en sus jardines. Desde la vereda de enfrente, le gritaron: Te esperamos al asado en casa de Juan esta noche. ¡Ahí estaré!, les gritó de vuelta, levantando el pulgar derecho. ¿Cómo está su abuelita?, le preguntaba una vecina al pasar. Bien, vecina, bien; le responde sonriente y saludando con la mano.

Al llegar a la esquina, hace señas para detener a un taxi colectivo que justo iba pasando. Entonces, oye una voz femenina a su espalda, que grita: Espere, espere. Yo también subo. Era su amiga Astrid. Amiga de la infancia y que no veía desde hacía 9 años, cuando ella y su familia se fueron a vivir a Alemania.
Se fueron conversando animadamente todo el trayecto, riéndose de las anécdotas pasadas. Ella descendió en el centro de la ciudad y él continuó su trayecto hasta el casino ¿Cuánto le debo?, preguntó al conductor. Nada. Es gratis, le responde. Al girarse hacia él y quitarse las gafas, lo reconoció. Oh, Ricardo. Que sorpresa. El conductor era su amigo Ricardo, compañero en la enseñanza media y que no veía desde que se licenciaron de cuarto. Tenemos que juntarnos uno de estos días, fue la promesa que lanzó al descender del taxi colectivo.
Hizo un momento de pausa, mirando hacia el casino, mientras pensaba: Estoy convencido que, si entro ahí a jugar, es seguro que gano. Me siento con suerte. Hoy es mi día... pero no. No quiso entrar al casino. No había ido ahí para eso, sino para tomarse un café y pensar en las cosas buenas de la vida. Había ido una vez, con una amiga, a conversar a una cafetería que está a un costado del casino y le gustó mucho aquella conversación y el café. Por eso fue ahí, nuevamente, a probar ese exquisito café.
El día parecía llegar a la cima de la perfección, cuando se da cuenta de que, la mesera que lo viene a atender, se encuentra en un evidente estado de embarazo.
¡Oh, que hermoso! Estás embarazada ¿Es niñito o niñita?, le pregunta él sonriendo. Ni lo uno ni lo otro, le responde ella. La mesera puso, en la mesa, una taza, un tarro de café, un azucarero y una tetera chica. ¡Cólon irritable!, le grita la mesera. Y sírvase solo.

El día de ella fue inverso al de él.

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