AMOR FURTIVO DE VERANO

 El sol me despierta y, entonces, reacciono...

Una playa en verano es sinónimo de bañarse, tomar sol y broncearse.

De pronto, reacciono...

¿Por qué estoy sentado en esta tumbona, a orillas del lago, bajo la sombra de un quitasol, con polera, gafas y un gorro?

Una vez más, reacciono...

Me siento en la tumbona, me quito la polera, me pongo las gafas, camino hacia el lago y me detengo cerca de la orilla a observar.

Y, entonces, reacciono...

No es así cómo se toma el sol. Para eso traje esta toalla. La estiro en la arena y me siento en ella a tomar el sol. De pronto, una mujer se sienta a mi lado y, cuando giro la cabeza para mirarla, me da un beso en los labios y me dice: Lindo. Ella es linda.

Y, entonces, ellos reaccionan...

Un grupo numeroso de jóvenes y niños salen corriendo del lago y se dirigen a mi. “Pero, abuelo ¿qué hace aquí sentado al sol? El sol le hace mal a usted. Tiene que cuidarse, pues abuelo. Y usted, abuela ¿por qué lo deja que se queme al sol? Tiene que cuidar a su marido”. Entre todos me levantan de la toalla, me llevan de vuelta al quitasol, me ponen polera, gorro y gafas, y me sienta nuevamente en la tumbona. “Pórtese bien, papá, para que los chicos puedan bañarse tranquilos”. Yo no los escucho. Tan sólo observo aquello mujer que me sonríe desde la toalla, saludándome con la mano. La observo y suspiro.

Suspiro.

Fue una fugaz aventura. Un momento furtivo de verano. El resto del tiempo es estar rodeado de rostros que creo reconocer y de nombres que ya no recuerdo.

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