Ella no sabe
que yo la espío. Cuando toma su desayuno con su taza de café con leche y trece gotas de stevia, porque le gustan los números primos. La observo cuando le da dos vueltas al cole para amarrarse el pelo y luego, se muerde el labio e inclina un poco la cabeza para mirarse en el espejo del baño y ver si le quedó bien hecha la cola de caballo. Y cuando, al salir de su casa al trabajo, se para en el marco con la puerta abierta y mira hacia el cielo antes de ponerse las gafas y avanzar, porque es su forma de decir: comienzo un día más con la frente en alto, exhalando una bocanada de aire.
Ella no sabrá
que la depresión me alcanzó, al darme cuenta que no pude construir ninguna relación duradera con otra mujer, después de separarnos. Que la química que me unía a ella, seguía ahí. Que maldije mi estúpido orgullo que me hizo sordo y ciego al no querer reconocer que me equivoqué. Que la noche anterior, me dormí borracho deseando volver el tiempo atrás. Que la mejor decisión que tomé aquella noche fue la de volver a intentarlo. Y que, al día siguiente, desperté con voluntad y determinación, y una decisión ya tomada.
Ella no supo
que conducía un poco distraído, pensando en lo que le iba a decir: las palabras que iba a escoger y la forma en que lo iba a abordar. No supo que, cuando iba de camino para hablar con ella, e inmediatamente después de que me embistiera aquel vehículo a exceso de velocidad, haciéndome volcar y estrellarme en aquel poste de luz, pensé en ella y su nombre fue lo último que pronuncié. Nunca supo que aquel destino hizo que me quedara con ella por siempre.

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