HAY QUE PERDER LA CABEZA


   La ceniza del puro le caía sobre los dedos, pero el jefe no sentía nada. A pesar de que el cenicero está al lado de su mano, no la mueve para botar la ceniza. Por el contrario, permite que sus dedos se tiñan de plomo sin hacer nada. El jefe estaba silencioso y preocupado.

  • ¿Estás seguro de lo que me estás diciendo, Pan Quema’o?
  • Seguro, Jefe. Yo no bromearía con algo así.

    El jefe estaba contrariado. A pesar de confiar en lo que le estaban contando el Pan Quema’o, le costaba creer que fuera cierto. En cierto modo, no quería creer que era cierto lo que le contaban.

  • Entonces, tú me aseguras que viste al Fósforo sacando 50 mil pesos de mi dinero ¿es eso cierto?
  • Le dije que no se hace eso. No se muerde la mano que te da de comer, pero él insistió en que usted no lo notaría.

    El Fósforo era su regalón. Era el encargado de reunir la recaudación del día para el jefe. Era su hombre de confianza. La rabia no se le notaba en el rostro, pero sí cuando hundió el puro en el cenicero y dedicó una última mirada de hielo al Pan Quema’o.

  • Ya sabes qué debes hacer entonces, Pan Quema’o.
  • Sí, jefe.
  • Y no olvides: Hay que perder la cabeza.

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    El olor a humedad llenaba el sótano iluminado por la lúgubre luz anaranjada de una lámpara que colgaba del techo. Con manos enguantadas, Pan Quema’o contaba el dinero, mientras el chico lo esperaba. El chico estaba silencioso y preocupado.

  • Toma, Rucio. Ahí tenís los 50 mil pesos. Y no vuelvas más por acá.
  • Gracias, Pan Quema’o. Me salvaste la cabeza. Te debo esta.

    El Rucio guardó los billetes en el bolsillo de su pantalón, sin siquiera contarlos. Pan Quema’o tomó la cabeza del Fósforo y la levantó enfrente del Rucio.

  • Ya sabes lo que te va a pasar si vuelves a poner un pie aquí ¿entendiste?
  • Sí, Pan Quema’o. Gracias, gracias, gracias. Me has salvado el pellejo. No volveré por acá nunca más. Te lo prometo.

    Pan Quema’o no estaba tan interesado en salvar la cabeza del Rucio. Más bien estaba interesado en ocupar el puesto del Fósforo, como hombre de confianza del jefe. Y, ahora, el puesto estaba vacante.

  • ¡Ándate al tiro! Que yo tengo trabajo que terminar. Ya sabes lo que dice el jefe: Hay que perder la cabeza.

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    Eran más de las seis de la tarde y el Rucio caminaba rumbo a su casa. Sabía que, cuando entrara en su casa, su familia estaría sentada a la mesa tomando once. También sabía que era el momento preciso para solucionar el problema que él mismo produjo. Sacarle dinero a su padre para ir a jugar cartas, no había sido una buena idea.

  • Hola, hijo. Ven a tomar once con nosotros.
  • Sí, mamá. Gracias. A propósito, papá, encontré este fajo de billetes botados en la entrada de la casa. Supongo que se te cayeron a ti.
  • Oh, sí hijo. Gracias. Es extraño que se hayan salido de mi billetera solos.
  • Esas cosas pasan, papá. No seas desconfiado.

    El resto de la once, el Rucio estuvo callado y sin levantar la cabeza. No quería que su rostro lo delatara. Deseaba que todo terminara pronto y subir a su pieza y acostarse a dormir para que termine luego ese día.
    Cuando lo descubrieron en el robo, pensó que lo más difícil sería convencer al Pan Quema’o que lo ayudara a salir de ese problema. Cuando éste notó que faltaban 50 mil pesos de la recaudación del jefe, pensó que lo mejor sería confesar de inmediato, porque era obvio que había sido el Rucio quién los sacó. Sin embargo, Pan Quema’o no hizo lo que pensaba que haría, sino que tuvo compasión de él y le dijo que lo ayudaría a salir de ese problema.
    Menos mal que ya todo había terminado. Nunca más le sacaría dinero a su padre para ir a jugar a las cartas. Las apuestas hacen que uno pierda la cabeza.

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