EL CURANDERO

Él nació con un talento. Su madre lo notó cuando él recién comenzaba a caminar. El día en que su padre falleció de tifus, y su madre lloraba de dolor por su partida, él se acercó tambaleándose hasta ella y, con sólo tocarla, alivió el dolor de su madre. El niño tenía el don de sanar.
A medida que aumentaba su edad, también lo hacía la cantidad de personas que acudían a él en búsqueda de alivio a sus dolencias. Eran personas humildes, sin muchos recursos. No tenían cómo retribuir los milagros que él obraba en ellos, pero a él no le importaba, porque se sentía satisfecho de ser útil a las demás personas.
Las personas llamaban “milagros” a las sanaciones que él realizaba. Sin embargo, él no lo veía de ese modo. Más bien, consideraba que poseía un conocimiento innato e instintivo de cómo funcionaban las enfermedades y sobre cómo se pueden aliviar. Era un chico humilde, al igual de quienes le visitaban, por lo que no alardeaba sobre sus dones.
Un día el pueblo amaneció alborotado. Alguien importante había llegado y se dirigía a la casa del chico curandero. Desde la puerta de su casa, podía ver que un vehículo ostentoso iba hacia él, escoltado por dos vehículos un poco menos ostentosos.
  • ¿Quiénes son? -preguntó el curandero.
  • Un Señor Muy Rico -le respondió su madre.

El niño curandero nunca había visto algo así. Cuando el vehículo más ostentoso detuvo su marcha, descendió el Señor Muy Rico de su vehículo ostentoso, vistiendo ropas ostentosas, y se dirigió al muchacho:
  • Mi amada Hija está muy enferma. Ningún curandero ha logrado sanarla y, me dicen, que tú eres el único que logrará hacerlo.

El pequeño curandero miró fijamente a aquel extraño personaje y, sin pronunciar palabra, se giró extendiendo su brazo e invitándolos a entrar a su casa. Luego de examinar a la Amada Hija, le indicó al Señor Muy Rico que el tratamiento le tomaría 3 días. A lo cuál, el padre asintió afirmativamente expresando su consentimiento.
El pueblo entero se revolucionó con la visita de los forasteros. Durante esos tres días, hicieron todo tipo de ofertas a los distinguidos visitantes. Los vecinos sacaban de sus casa objetos que el muchacho desconocía y que no imaginaba que las personas, que conocía de toda la vida, hacían o poseían.
Secretamente, mientras desarrollaba su tratamiento, observaba las cosas que le traían al Señor Muy Rico. “A mi nunca me ofrecieron esas cosas, a pesar que mis servicios valen más que unas pocas monedas de metal”, pensaba el joven curandero.
Al cabo de los tres días, la muchacha se sanó y el Señor Muy Rico quiso compensar al joven curandero por el milagro prodigado a su Amada Hija. Una bolsa repleta con monedas de oro es lo que depositó en sus manos.
  • Y ¿qué haré con esto? -preguntó el curandero.
  • Cómprate cosas ostentosas -respondió el Señor Muy Rico- y, tal vez, puedas ser respetado y admirado como yo. Toma este consejo como un regalo por haber sanado a mi Amada Hija.

Entonces tomó su bolsa repleta con monedas de oro y se compró: ropas ostentosas, una casa ostentosa (con muebles ostentosos) y un vehículo ostentoso.
Y no se detuvo ahí. Hizo construir otra casa, también ostentosa, para atender a sus pacientes, y compró servidumbre (que vistió con ropas menos ostentosas) para que hicieran el trabajo por él. Entonces sus vecinos ya no le retribuían con abrazos, apretones de manos o con gallinas y patos, por sus servicios. Comenzaron a tratarlo como al Señor Muy Rico. Ahora lo respetaban y admiraban. Y eso se sentía muy bien.
Y no se detuvo ahí. Hizo construir otra casa (menos ostentosa que la anterior), compró más servidumbre y las puso a trabajar en su nueva innovación: debían envasar en frascos las recetas que él daba a sus pacientes, para luego venderlas.
Y no se detuvo ahí. Hizo construir más de estas casas en otras ciudades y compró más servidumbre para que trabajara en ellas. Entonces, preparó y capacitó a otros, que tenían el mismo talento que él, para que dirigieran esas casas y fueran respetados y admirados.
Y, de este modo, el joven curandero se transformó en un Señor Muy Muy Rico. Y eso se sentía muy bien.

Entonces, pensó con preocupación en el futuro. Y, obsesionado con la trascendencia, decidió casarse. No le costó trabajo encontrar una pareja apropiada para casarse ni tampoco celebrar una ceremonia ostentosa.
El bautizo también fue ostentoso.

El día del funeral de su esposa, que perdió la vida producto de un fatal accidente, su pequeño Hijo Amado le tomó la mano y alivió su dolor. Su corazón se llenó de alegría al constatar que su hijo había heredado su don.
  • Yo te enseñaré a hacer que las personas te respeten y te admiren.

... Y así fue cómo se perpetuó esta tradición.

Comentarios

Sandra dijo…
Wow, me sorprendiste, es un fin inesperado para un cuento tuyo. Me gustó, porque produce un sentimiento en el lector, en mi caso de decepción por el actuar del protagonista, como lector me ilusioné. Bien, me gusta sorprenderme con los texto, y con este lo conseguiste.