Siempre que cuento esto, me dicen lo mismo: ¿Por qué te vas a esas horas de la noche por la ciclovía desierta? Es peligroso. Y yo les digo que no es así. Que viajo acompañado y que es divertido hacerlo. ¿Y cómo logras eso?- me preguntan. Entonces, les explico...
Me detengo enfrentando la ciclovía (con sus faroles a cada lado de la pista y con sus luces dibujando círculos blancos en toda su extensión) e imagino que estoy en la partida de una pista de carreras. Entonces, aprieto los mangos del manubrio con fuerza y doy la primera pedaleada, con toda la energía que puedo, para poder tomar velocidad rápidamente.
Al llegar al primer farol, aparecen los primeros dos, a los costados. Acelero y dejo atrás a las sombras pero, en seguida, se aproximan dos más. Y luego dos más al lado de ellas. Yo acelero cada vez más, rebasando a todas. Una y otra vez intentan adelantarme y no pueden.
Me dicen: Pero si son sólo sombras. Y yo les digo: No, son los espíritus de todas las bicicletas que han transitado antes por este lugar.
Cuando llego al final de la ciclovía, alzo los brazos victorioso. Sigo invicto.

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