EL MISTERIO DE LA GEISHA

No había nadie más, en aquel vagón del metro, que ella y yo. No es que sea prejuicioso, pero algo raro tenía aquella geisha sentada frente a mi. Intenté mirar de reojo para no incomodarla. Lo cierto es que el incómodo era yo, por no poder evitar espiarla. Algo en ella despertaba mi curiosidad, pero no lograba descubrir qué era. Por el vestido y el maquillaje, claramente era una geisha, pero algo no encajaba en ella.
No se debe a lo que es evidente: una geisha en un vagón del metro de Santiago. No, no es eso. O sea, además de eso, se trata de otra cosa, pero no logro desentrañar el misterio.
No fui yo, sino una anciana que subió en la Estación Baquedano, quién se atrevió a despejar la incógnita. Se sentó a su lado, le miró fijamente y le preguntó: ¿Va usted a una fiesta de disfraces o algo así? ¿O, tal vez, sea una de esas cosas que los jóvenes llaman...? ¿Cómo es que le llaman? ¡Cosplay! Eso es. A lo que la geisha respondió: No, señora. Lo que ocurre es que mi hija tenía una disertación sobre la cultura japonesa, hoy en el Jardín Infantil, y mi esposa no ha podido asistir”.

Se ha despejado el misterio: el bigote era lo que no encajaba en ella.

Comentarios

Sandra dijo…
jajajajaja, me sorprendiste.