TODO HABÍA CAMBIADO


Todo parecía seguir tal como siempre. Sin embargo, todo había cambiado.


En la madrugada de aquel día, el capitán Martín de Ariza se plantó ante el umbral de la puerta de su cabaña, en el centro del Fuerte Tucapel, con rostro altivo, mirando hacia el noreste, para desafiar al sol que despuntaba. Los ojos de todo aquel que deambulaba por el fuerte a esa hora, se posaban sobre su estampa señorial y altiva. Aquel fuerte fue construido para que él lo gobernara. Así lo había decidido la Corona. Así lo quería Dios. Y con tal certeza, daba el primer paso por el sendero de gravillas que recorría el fuerte (como todos los días), para hacer su ronda acostumbrada; su desfile rutinario. Su soberbia era tal que sus ojos no miraban a nadie, pues todos los ojos de quienes habitaban aquel fuerte estaban para mirarlo a él. El señor del Fuerte Tucapel. Su sola presencia daba a los demás la señal de que todo estaba bien. Todo estaba en control. Con paso firme recorría la gravilla. Con mirada firme inspeccionaba los rostros de todos y todas. Nada escapaba a su escrutinio. Nada estaba por sobre su mentón alzado. Sin embargo, aquella mañana tenía un color distinto. La aurora era más roja que los demás días. Pues, aunque las cosas parecían seguir tal como siempre, todo había cambiado.


Aquella misma madrugada, Tahiel se encontraba afilando su hacha de metal. Él, que siempre usó hachas de piedra, ahora usaba hachas de metal. Él, que nació de familia de guerreros mapuches, ahora era esclavo de españoles. Antes usaba hachas de piedra para cazar y matar. Para golpear, desgarrar y matar. Un Kona (guerrero) aspirando a ser un Füta Kona (gran guerrero). Ahora usa hachas de metal para cortar árboles. Matar árboles sin pedir permiso. Sin agradecer el sacrificio del árbol para dar vida al fuego, en el hogar del español. Español que no agradece lo dado, sino que desprecia lo recibido. Tahiel afila su hacha de metal, en el Fuerte Tucapel, como todas las madrugadas, pero ésta es distinta. Es menos roja, pues todo ha cambiado.


Para Eluney, aquella madrugada fue roja. Roja de herida. Roja de dolor. En el Fuerte Tucapel, todas las madrugadas son de dolor. Dolor de violencia. Dolor de castigo. Dolor de humillación. Dolor de violación. Y rojo de sangre. Sangre que se va con la Vida. Vida mapuche que muere ante los guerreros españoles. Kona español, pero sin alma. Kona que busca la profunda oscuridad de abajo y no la luz de arriba. Kona que no busca la grandeza del Am (alma). Kona que no engendra nueva vida y mejor; sino que mata el espíritu de la Mapu (tierra). Sin embargo, aquella mañana era distinta. El rojo de la madrugada era distinto. Un rojo de vida y no de muerte pues, desde aquel día, todo ha cambiado.


Todo parecía seguir tal como siempre, en el Fuerte Tucapel; sin embargo, todo había cambiado. El Fuerte Tucapel ha sido tomado por los mapuche, liderados por Leftraro. El lucero del alba vuelve a brillar sobre las montañas.


Aquella madrugada, el capitán Martín de Ariza se dirige al centro del fuerte, con el mentón alzado y el rostro altivo, para ser ajusticiado por los mapuches. El encargado de realizar dicho ajusticiamiento es un mapuche que fue tomado prisionero, y hecho esclavo, por los españoles. Su nombre es Tahiel. Tahiel, que fue hecho esclavo, vuelve a ser un Kona, mientras afila su hacha de metal. Mientras tanto Eluney, la Domo (esposa) de Tahiel, da a luz a la hija de ambos que inaugurará un nuevo período para su pueblo. Período en que Eluney (regalo del cielo) se convierte en Tahiel (hombre libre).


Pues todo parecía seguir tal como siempre, en el Fuerte Tucapel. Sin embargo, todo había cambiado.

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