Trabajar, trabajar y trabajar. Es mi rutina diaria. Es nuestra rutina diaria. Una condición sine qua non para vivir: si no trabajas, no hay salario; sin salario, no puedes adquirir. Adquirir lo necesario para vivir. Es un círculo vicioso. Y el vicio te destruye. Te mata. Y vivir es condición sine qua non para morir.
Y, como dice aquel dicho que “un clavo saca otro clavo”, para poder salir de este vicio he adquirido otro. Mi vicio por el casco del placer. Y ésta es, precisamente, la hora de mi vicio.
Me siento tranquilamente en el cómodo sofá reclinable y me pongo el casco. Me recuesto, cierro los ojos y comienzo a sentir.
Sentir esa frescura amarga de una helada cerveza belga en un día de calor. Sentir en la boca una cucharada de chocolate derretido. Introducir la nariz en un copa y oler el aroma de un buen vino reserva. Olfatear un melón calameño en verano. Masticar y saborear un trozo de asado de chivo en la boca. Oler el exquisito aroma de un buen café, en la cafetería de siempre y con la compañía de siempre...
(No te detengas aún).
Sentir, en mi piel, la primera zambullida del verano. Sentir mis manos apretando un oso de peluche (de esos rellenos de pequeñas pelotitas de plumavit). Sentir en mis oídos la placentera música de Béla Bartók. Sentir en mi mano la suave piel de mi hija bebé. Examinar, minuciosamente, con una lupa una colección de estampillas. Bañarme en el lago bajo una lluvia de verano...
(No te detengas aún).
Contemplar plácidamente a un artista pintando un cuadro. Leer, sin tiempo, una novela al aire libre. Flotar plácidamente en las termas después de un largo viaje. Caminar descalzo por la arena. Sentarme en un banco a contemplar una puesta de sol. Contemplar a mis dos hijas felices y viviendo una vida plena...
Tiempo agotado. Finaliza la sesión.
Ya no hay más remedio. Sólo me resta quitarme el casco, salir de la habitación y acercarme al mostrador para cancelar la sesión con el casco del placer.
Al menos, mañana podré tener una sesión más extensa ... porque mañana me entregan mi salario.
Y, como dice aquel dicho que “un clavo saca otro clavo”, para poder salir de este vicio he adquirido otro. Mi vicio por el casco del placer. Y ésta es, precisamente, la hora de mi vicio.
Me siento tranquilamente en el cómodo sofá reclinable y me pongo el casco. Me recuesto, cierro los ojos y comienzo a sentir.
Sentir esa frescura amarga de una helada cerveza belga en un día de calor. Sentir en la boca una cucharada de chocolate derretido. Introducir la nariz en un copa y oler el aroma de un buen vino reserva. Olfatear un melón calameño en verano. Masticar y saborear un trozo de asado de chivo en la boca. Oler el exquisito aroma de un buen café, en la cafetería de siempre y con la compañía de siempre...
(No te detengas aún).
Sentir, en mi piel, la primera zambullida del verano. Sentir mis manos apretando un oso de peluche (de esos rellenos de pequeñas pelotitas de plumavit). Sentir en mis oídos la placentera música de Béla Bartók. Sentir en mi mano la suave piel de mi hija bebé. Examinar, minuciosamente, con una lupa una colección de estampillas. Bañarme en el lago bajo una lluvia de verano...
(No te detengas aún).
Contemplar plácidamente a un artista pintando un cuadro. Leer, sin tiempo, una novela al aire libre. Flotar plácidamente en las termas después de un largo viaje. Caminar descalzo por la arena. Sentarme en un banco a contemplar una puesta de sol. Contemplar a mis dos hijas felices y viviendo una vida plena...
Tiempo agotado. Finaliza la sesión.
Ya no hay más remedio. Sólo me resta quitarme el casco, salir de la habitación y acercarme al mostrador para cancelar la sesión con el casco del placer.
Al menos, mañana podré tener una sesión más extensa ... porque mañana me entregan mi salario.

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