SUEÑOS DE INMORTALIDAD

¿Cuántos sueños hay que atravesar para no morir jamás?, pensaba Rafael Lewin, mientras cerraba los ojos y entraba en un sueño muy profundo.


Soñó que era un niño de 10 años corriendo por un sembrado de trigo recién segado por la trilla. Era verano. Frente a él, un paisaje espléndido: mitad celeste y mitad dorado. Corría hacia el roble solitario en medio del sembrado. Un alto e imponente refugio del sol. Extendió sus brazos, cerró los ojos e imaginó que era un ave en vuelo con el viento rozando su rostro. Al llegar al roble, se sentó bajo su sombra y, luego de soltar un suspiro de satisfacción, cerró los ojos y entró en un sueño profundo.


Soñó el niño que era un halcón, que volaba triunfante por el cielo, con una presa muerta entre sus garras. Se dirigía hacia el borde del acantilado donde lo esperaban sus crías y su pareja. Se sintió triunfante. Había sido una caza certera y sin mayor esfuerzo. Sus crías comerían bien el día de hoy. Contempló la cercanía del acantilado y, sintiéndose el único depredador en los cielos, se dejó llevar por la corriente de aire tibio, cerró los ojos plácidamente y entró en un sueño.


Soñó el halcón que era un huemul pastando en los bosques húmedos del sur de Chile. Se sentía sereno, aunque algo intranquilo. No porque percibiera alguna amenaza, sino porque era el momento de encontrar alguna hembra, antes de que finalizara la primavera y ya fuera tarde. Tan sólo debía continuar vagando por los bosques seguros esperando percibir el aroma de alguna hembra cercana. A pesar de eso, se sentía sereno. Y, percibiendo los aromas que lo rodeaban, olfateó el aire y cerró los ojos.


De pronto, una sensación de pánico, instintiva e inconsciente, penetró en el corazón de Rafael Lewin y atravesó todos sus sueños.


El huemul, mareado por los reconfortantes aromas del bosque, abrió los ojos y, sin pisar con precaución, introdujo su pezuña en una trampa de cazadores oculta bajo unas hojas. Quedó atrapado y vulnerable y el pánico se apoderó de él. Su serenidad se esfumó porque,  aprovechando la oportunidad, un puma se abalanzó sobre él y clavó sus dientes en el cuello del huemul. Éste, envuelto en pánico, sentía cómo la vida se le esfumaba sin haber podido dejar una progenie.


El halcón despertó con miedo. Un miedo instintivo. El pánico se apoderó de él. Perdió el control de su vuelo y logró estabilizarse con esfuerzo. Un miedo inconsciente le hizo aletear desesperadamente para alcanzar pronto el refugio del acantilado. De pronto, una flecha atravesó su cuello y comenzó a caer dando giros en el aire. Envuelto en pánico y, mientras sentía que la vida se le iba, pensaba en sus crías que quedarían sin alimento el día de hoy.


El niño despertó con un susto. Un gran ruido lo arrebató del sueño. Una tormenta estival se había cernido sobre el campo de trigo y el pánico penetró en su corazón. No alcanzó a gritar por ayuda. Un gran rayo cegador calcinó el roble solitario y penetró en el niño. Quién, envuelto en pánico, se lamentaba de no poder seguir siendo un niño por siempre.


El astronauta Rafael Lewin despertó asustado. Se encontraba a la deriva y lejos de su nave espacial cuando cerró los ojos. Un torpe accidente lo alejó de su refugio espacial y sin poder regresar a él. Ahora podía distinguir los continentes bajo su cuerpo flotante. La Fuerza de Gravedad despertó el pánico. El final de su desafortunado viaje estaba cerca. Rafael Lewin cerró los ojos, por última vez, y deseó  convertirse en una estrella fugaz.


Comentarios

Sandra dijo…
Genial tu idea del cuento, me acordé de una noche de campo en que con los niños salimos a mirar las estrellas y después de descrubrir a venus, la cruz del sur y uno que otro satelite, le dije a mi sobrino, "mirá, en esa estrella de allá está un niño mirándonos". Hoy pienso que quizás era Rafael Lewin, la distancia me confundió.
Sandra dijo…
Otra cosa, me gusta como tratas el tema de los miedos, siempre se sienten con una breve anticipación, lograste describir ese momento.
Unknown dijo…
Me recordó mucho la pelicula el origen y sus varios planos ocurriendo. La multiplicidad de un instante. La futilidad de la vida.
Mauricio Díaz dijo…
Que bien que te provocara esa evocación y esas emociones. Gracias por comentar.
Mauricio Díaz dijo…
Gracias, Sandra. Tus comentarios me ayudan.