La sangre se volvía vainilla,
en mis venas,
cada vez que cepillaba el pelo de mi hija.
Mi mano se niega a apresurarse.
No quiere dejar de disfrutar la suavidad aterciopelada de sus finos cabellos.
Como una gota de cloro en agua turbia,
mi mente se despeja de problemas y preocupaciones.
Permitirme peinar sus cabellos
es uno de los regalos más sublimes
que ella me da.

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