Si hoy podemos fumar tranquilos y sin que nadie nos discrimine, es gracias a Ernesto Freeman. Por desgracia, gracias a lo que a él le ocurrió, es que hoy tenemos la Ley Freeman.
A comienzos del presente año, Don Ernesto Freeman era uno más de los fumadores que intentaba llevar su adicción conforme a las leyes. No fumaba en recintos públicos. No fumaba dentro de su casa. No fumaba cerca de No fumadores. No fumaba donde estuviera prohibido fumar. Era uno más de los que eran marginados y despreciados socialmente. Uno de los que debían pagar altos impuestos por su adicción. Uno más de los discriminados por una sociedad que los proscribía y que, sin embargo, no dijo nada cuando las tabacaleras introdujeron aditivos en los cigarrillos para volver adictos a los fumadores. Condenados a ser Drogadictos sin voluntad.
Una madrugada de inicios de mayo, Ernesto Freeman se encontraba esperando un taxi, cubierto con un paraguas, y fumando tranquilamente un cigarrillo, mientras esperaba. Un grupo de cinco borrachos (fanáticos no fumadores), se acercó al lugar donde se encontraba Ernesto.
- Siento olor a cigarro- dijo uno de ellos.
- Yo también- respondió el otro.
- Me molesta el olor a cigarro.
- A mi también- respondió un tercero, acercándose más a Ernesto, cerrando un círculo alrededor de él.
- En realidad, me molestan los fumadores. ¿Qué podemos hacer para solucionar este problema?- preguntó mirando a los cuatro acompañantes.
Al día siguiente, los noticieros publicaban: “Homicidio a hombre de 46 años por fumar en la vía pública a las 3 a.m.”, “Brutal golpiza provoca la muerte de solitario fumador”. La opinión pública se conmovió ante el suceso. Estaba bien repudiar el cigarro, pero matar a una persona por fumar parecía excesivo.
En el Congreso, un grupo de parlamentarios fumadores conformaron una comisión para legislar sobre este tema. Finalmente, se promulgó la Ley Freeman que condenaba a duras penas a quienes cometieran homicidio a una persona fumadora, por el sólo hecho de ser fumador, y otros tipos de condenas a quienes discriminaran a los fumadores, ya sea por razones laborales, por el uso de lugares y transporte público, o de cualquier tipo de discriminación por el sólo hecho de ser fumador.
Aquel día de la promulgación de la Ley Freeman, quedaron grabadas para la posteridad las palabras del parlamentario Fuenzalida: “Los fumadores pueden descansar en Paz”.

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