En medio de la extensa Avenida Caupolicán, entre dos blocks de departamentos (de color blanco marfil), se encuentra un área verde y frondosa. Es el hogar de Geranio: un niño que vive solo en la casa que se encuentra ahí.
Geranio es un niño respetuoso y admirador de toda forma de Vida (plantas, animales e insectos) y que no soporta ver a un Ser Vivo sufrir o morir, por lo que rescata toda especie abandonaba que encontraba por ahí y la llevaba a su jardín hasta que, sin proponérselo, formó un zoológico selvático en el jardín de su casa. Estableció lazos íntimos con todas las especies que convivían en su jardín, pero eso mismo hizo que se distanciara con los de su misma especie.
Todos los días ingresaban algunos curiosos a su jardín y, los fines de semana, su zoológico particular era parte de los paseos familiares de la gente de la ciudad. Geranio los observaba escondido detrás de los matorrales, porque no quería ser visto. No deseaba conversar con ellos. Su relación con todas las especies que vivían en su jardín era empática, casi simbiótica, y consideraba que hablar o conversar era una práctica redundante. Sin embargo, se solazaba mirando a las personas admirandose de su zoológico. Percibía en ellos el asombro y la admiración por las formas de Vida que habitaban en su jardín y sentía que estaba contribuyendo, en ellos, a una mayor y mejor conciencia sobre otras especies de Vida.
Esa era la vida cotidiana de Geranio... hasta el día en que entró ella: una niña de su edad y estatura (el ser vivo más hermoso que hubiera visto antes), de cabellos largos, negros y brillantes (como el petróleo), tez morena, cara redonda y ojos castaño claro. La expresión de Geranio al verla (boca abierta y sin aliento, y los ojos abiertos chispeando de luz), no requieren de mayores detalles. Al verla entrar, se transformó, de pronto, en otro árbol de su jardín: inmóvil y tieso.
Un pinchazo, en su tobillo izquierdo, le hizo saltar y dar un grito. Ciril, el puercoespín, se había aproximado demasiado a él y no lo había advertido. Expuesto y sonrojado, tenía la imperiosa necesidad de hacer algo.
- Hola ¿Qué buscas?
- Hola. Busco algo bonito y novedoso para usar de prendedor en mi gorro- le respondió ella.
Su voz era dulce. Tan dulce que Geranio sólo deseaba escucharla y admirarla, pero debía improvisar una conversación si quería retener aquella niña un rato más.
- ¿Algo como qué es lo que buscas?- interrogó inmediatamente y, enseguida, se corrigió- Ah! Me llamo Geranio.
- Yo me llamo Jazmín y me gustaría algo como aquella mariposa que está volando sobre tu cabeza.
Geranio extendió su mano y la mariposa se posó en ella. Luego le susurró un saludo, a la mariposa, que Jazmín no pudo oír ni entender.
- Será un adorno muy novedoso, porque saldrá volando al poco tiempo de que lo pongas en tu gorro.
- No, no, no. Necesito que se quede inmóvil. Que quede prendido a mi.
Para que ocurra eso tendría que estar muerta la mariposa, pensó Geranio. Ese pensamiento le estremeció. Matar o ver morir un ser vivo, no era algo que él pudiera permitir, aunque se tratara de un obsequio para el Ser Humano más hermoso que él haya visto en su vida. Geranio la quedó mirando fijamente a Jazmín, decidiendo si le reprendía por lo que ella estaba insinuando o intentaba liberar accidentalmente a la mariposa de su mano.
De pronto, un estornudo ahogado y un nuevo pinchazo en su tobillo izquierdo, hizo que Geranio desviara su vista. Ciril, el puercoespín, había intentado inútilmente aplacar un estornudo (seguramente, para no interrumpir el momento de Geranio con alguien de su misma especie). Geranio le dedicó una sonrisa complaciente a Ciril y, con un gesto de la cabeza, le indicó que todo estaba bien. Cuando giró la cabeza y observó su mano, descubrió que una de las púas del puercoespín había atravesado a la mariposa, matándola.
- ¡La has transformado en un broche para mi! ¡Eres un genio! -gritó Jazmín, al momento que tomaba la mariposa de las manos de Geranio y le daba un beso en la mejilla.
- ¡Nunca olvidaré este momento, Geranio! -le gritó Jazmin, mientras se despedía para salir, saltando de alegría, del jardín de Geranio.
El rostro de Geranio se transformó, desde el asombro a la felicidad placentera (casi lujuriosa provocada por el beso que aún ardía en su mejilla) y al enojo.
Se giró hacia la izquierda y, con el mismo dedo en donde se había posado la mariposa, reprendió a Ciril, el puercoespín,... pero eso fue sólo un momento muy corto. Jazmín seguía ocupando el resto de su mente.

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