EL TEMPORERO



    No sé cómo declararme a Enid. Tal vez sea la última temporada que la pueda ver (y la última oportunidad que tenga para hacerlo). Es nuestra última noche trabajando juntos, antes de que parta de vuelta a su hogar.


    Hace dos veranos que trabajamos juntos y ella debe viajar, desde muy lejos, para venir a prestar sus servicios a Temuco. Es la mejor en lo que hace, por eso le hacen grandes ofertas para que viaje hasta acá y mostrar su oficio. Es la que hace las mejores sopaipillas del planeta (por lo menos, eso es lo que dicen). Pero esta vez es distinto: ha dicho que será el último verano que lo hará.


    A su vez, a mi me contratan para hacer los asados. Y dicen que soy el mejor en eso. Para mi, no es gran cosa: los marginados debemos asar lo que sea para alimentarnos todos los días. Y es que, la gente de la ciudad, no necesita hacerlo. Todos tienen en sus casas una fabricadora de alimentos. Ya nadie recuerda lo que es cocinar. Sólo nosotros, los marginados (los que no tenemos nada), debemos cocinar nuestros alimentos para sobrevivir. La Vida Moderna tiene muchos lujos y mucha comodidad: hay habilidades que se van perdiendo por esta razón. Y, los marginados, somos un residuo de esa sociedad moderna.


    Entonces ¿por qué nosotros debemos preparar alimentos para las familias acaudaladas, cuando ellos tienen sus propias fabricadoras super modernas? Desde hace algunos años, que se impuso la moda, entre las familias excéntricas y adineradas, de ofrecer grandes cenas, con muchos invitados, y mostrar el espectáculo de ver cómo se preparan los alimentos. Toda familia que se precie de millonaria debe ofrecer una cena con tal espectáculo: la moda lo manda. Esto se realiza sólo en la temporada estival, dado que hay más gente de vacaciones a las que invitar a la cena.


    Y como resulta obvio, dado que ya nadie recuerda cómo es el oficio de cocinar, han debido reclutar, de entre los marginados, a las personas que lo hagan por ellos (y que serán el espectáculo central de la cena). Por mi parte, llevo ya 11 años haciendo este trabajo en las temporadas de verano. Con lo que gano en una temporada, puedo sobrevivir el resto del año, hasta el próximo verano.


    Un verano, hace ya dos años atrás, apareció Enid (traída desde la ciudad de Aysén) y se transformó en la mayor atracción: la mujer que cocina las sopaipillas más exquisitas de todo el planeta (al menos, esa es la publicidad que le hacen). Desde que la ví, algo me atrajo de ella. Es algo que ella irradia, que me hace desear estar con ella todos los días. Y su habilidad para cocinar masas, hace que me bajen unas ganas de pedirle matrimonio. Pero este verano será el último (al menos, así lo ha anunciado ella), así es que será mi última oportunidad para pedirle que se quede para siempre en Temuco conmigo.


    El escenario ya está dispuesto: una terraza al aire libre, con muchas sillas alrededor (para que se sienten los invitados), un asador de ladrillo con un brasero al lado, y la mesa con los ingredientes y la freidora al lado. Ambos somos anunciados por los anfitriones de la cena y subimos al escenario entre aplausos. Yo comienzo a encender el brasero para luego ir arrojando brasas sobre el asador. Por su parte, Enid ha comenzado a juntar los ingredientes para iniciar la preparación de la masa. A los anfitriones les he propuesto asar una plateada, para esta ocasión, con la excusa de disponer de un espectáculo de dos horas. La verdadera razón es poder disponer de más tiempo para poder atreverme a hablar con Enid y pedirle que se quede a vivir conmigo aquí. Mi timidez es mi gran impedimento. Así es que necesito de tiempo para armarme de coraje.


    Mientras doy vueltas, lentamente, a la carne en el asador, me voy cuestionando sobre cómo abordarla. ¿Por qué ha decidido que éste será su último año acá? Tal vez le han ofrecido más dinero, por el mismo espectáculo, en otra ciudad. O tal vez ha reunido tanto dinero, en estos dos años, que ya puede comprarse su propio departamento, con una fabricadora incluída. O tal vez se ha convertido en uno de esos marginados que se resiste a ser tratado como animal de zoológico. Tal vez sólo quiera volver a su vida de antes. ¿Vive sola? ¿Cómo será su vida en Aysén? No muy buena, si es que tiene que trabajar de temporera, como yo. Además, más al sur, no hay más gente que acá, por lo que debe vivir sola. ¿Seré alguien interesante para ella: un buen partido para ella? ¿Atractivo? Entonces, pienso: “Uno no puede vivir comiendo masas todo el día, así es que un buen asador (alguien que cocine las carnes tan bien como yo), es un buen partido para ella”. Haríamos una buena pareja.


    Ese último pensamiento, me dio el coraje que necesitaba. Y ya que la carne está ya a punto, corto un trozo pequeño de la plateada y se lo acerco para que lo pruebe.


- ¡Pruébalo!, para ver qué te parece -le digo, mientras le entrego el tenedor con el trozo de carne.


    Ella me mira con expresión de desconcierto: nunca antes habíamos intercambiado palabras. Toma el tenedor, aún dubitativamente, y se echa el trozo de carne a la boca. Lo mastica un poco y me devuelve el tenedor.


- ¿Y? ¿Qué te parece? ¿Soy el mejor asador que has conocido, o no?


    Hace un mueca y me mira a los ojos.


- Mi marido hace asados mejores.


    La vida del marginado es solitaria. Al menos, eso no ha cambiado.

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