Fue en un momento de silencio, luego de haber conversado, larga y profundamente, sobre la Muerte y el Sentido de la Vida.
Estábamos sentados en la playa, alrededor de una fogata, riendo y contando chistes. Entonces a Cristián se le ocurrió comenzar a hablar sobre la Muerte. Todos nos incomodamos al comienzo. Pasamos de la risa a la seriedad. Él continuó con su monólogo. Una apología, en realidad, sobre Dios, la Vida y la Muerte. Entonces todos comenzamos a intervenir y a participar de la conversación y nos dimos cuenta que todos teníamos una opinión al respecto. Fue uno de esos momentos que uno define como mágicos. Una revelación.
Luego vino el silencio contemplativo y meditabundo.
Fue en ese momento, cuando una gran llama se elevó desde el centro de la fogata. Medía un poco más de un metro sesenta y, como estábamos todos sentados, la vislumbramos como gigante. Instintivamente nos echamos hacia atrás, hasta casi quedar tendidos en la arena. Nos arrastramos de espaldas para alejarnos de la fogata. Algunos se pusieron de pie, mirando alrededor, buscando algo para apagar la llama.
De pronto Cristián, que estaba sentado a dos metros de la llama, apoyado con las manos, con cara de sorpresa nos grita:
- ¡Miren!.
Todos nos giramos a verlo. Estaba indicando la llama con el dedo índice y, al mirar nuevamente la llama, nos dimos cuenta de lo que había sorprendido a Cristián. Era una mujer. La llama había adquirido la forma de una mujer. No lo habíamos notado, porque se movía como lo hace una llama. En realidad, seguía siendo una llama con forma de mujer pero, sorprendentemente, estaba viva. Parpadeaba y nos observaba.
El pánico inicial había sido sustituido por la curiosidad. Comenzamos a acercarnos lentamente para ver más de cerca y en detalle. Nuevamente Cristián fue el primero en interpelarla.
- ¿Quién eres? o ¿Qué eres?.
- Soy la Verdad- respondió la llama con voz de leño ardiendo.
El sobresalto, al escuchar aquella voz, nos hizo retroceder nuevamente. La pregunta formulada por Cristián, producto del asombro, cualquiera de nosotros la podría haber pronunciado. Era más bien un retórica. Me refiero a que era una pregunta que no esperaba respuesta; así es que la respuesta nos sorprendió a todos nuevamente. Con el asombro ante tal hecho, no escuché o no puse atención a la respuesta. Así es que pregunté a Cristián.
- ¿Qué ha dicho? ¿Qué cosa es?
- La Verdad. Ha dicho que es la Verdad- me respondió Cristián sin quitar los ojos de la llama.
- No puede ser. Esto no puede ser ….
- Sí, eso. No puedes ser la Verdad- repite Cristián, pero mirando a la llama- Tú eres una llama de fuego.
- Si gustas, a mi me puedes llamar Llama de Fuego y, al fuego, Verdad. Da lo mismo- responde la llama.
- No, no puede ser. No puedes ser la Verdad.
- ¿Y por qué no?
- Porque eres una llama de fuego- responde Cristián, ya sin miedo ni asombro en la voz. Ahora tiene el tono de voz de un interpelador.
- Recuerda que la Verdad puede ser acogedora, cálida y puede dar seguridad y alumbrarte en la oscuridad, pero también puede ser dolorosa y puede quemar.
Comenzamos a acomodarnos nuevamente en la arena. La conversación se ponía interesante.
- ¿Acaso -continuó la llama- cuando estuvieron hablando hace poco sobre la Vida y la Muerte, no sintieron que la Verdad los iluminaba?.
Este acierto de la Verdad nos dejó en silencio y pensativos; lo cual aprovechó la llama para continuar su interpelación.
- ¿O acaso prefieres, Cristián, que te queme contándoles a tus amigos lo que tú haces cuando nadie te ve? ¿aquello que jamás has contado a nadie?.
Todos dirigimos nuestras miradas hacia el interpelado Cristián y, el rubor en sus mejillas, nos indicó que la llama había dado nuevamente en el clavo.
- Eso te dolería tanto como una quemada.
Como una forma de distraer la atención y trasladar el foco hacia otro lado, Cristián se decide a contraatacar.
- ¿Por qué has decidido aparecer aquí y en este momento?
- Porque soy la Verdad- responde la Llama- y parece que me habían olvidado.
En nuestros rostros se reflejó el asombro ante un secreto develado. Lo que vino después, es la razón por la cuál ahora le temo a las Llamas. Cuando veo fuego me alejo de él inmediatamente. Puede que aparezca ella nuevamente y me puede quemar. Las palabras que pronunció a continuación, fueron tan locuaces que, el sentimiento que nos atravesó a todos, fue el pavor.
- El año pasado, todos ustedes, hicieron algo que esperaron que quedara oculto, sepultado. Mientras se engañaban pensando que se olvidaría. Creyendo que, de esa manera, desaparecería. Esta noche he venido a decirles que eso no es así. Que renaceré desde las cenizas y volveré, una y otra vez, para mostrarles que no desapareceré. Y que, si no me reconocen, los puedo quemar.
El pensamiento común de la culpa compartida, nos hizo reaccionar al unísono. Nos pusimos de pie y comenzamos a arrojar arena a la fogata. Nuestros oídos se cerraron. No escuchamos nada más de lo que estaba diciendo. En un acto frenético, sofocamos la fogata en pocos segundos. Sin embargo, sus palabras finales quedaron grabadas a fuego en cada uno de nosotros.
- Podrán sofocar esta fogata, pero no me apagarán. Volveré a arder en el interior de cada uno de ustedes hasta que me reconozcan y se resignen ante mi.
Nada fue igual después de ese suceso.
Varios de mis amigos fallecieron. Quemados. En la investigación, nada parecía haber iniciado el fuego que los quemó.
Lo que es a mi, aún no me ha alcanzado. De todas maneras, me mantengo lo más alejado que puedo del fuego. Al parecer, el hecho de que me haya ocupado en servicios voluntarios en Gendarmería, la ha mantenido alejada de mi.
De alguna manera, intenté redimir mi culpa … pero ella sigue ahí ondulado en cada fuego.
Estábamos sentados en la playa, alrededor de una fogata, riendo y contando chistes. Entonces a Cristián se le ocurrió comenzar a hablar sobre la Muerte. Todos nos incomodamos al comienzo. Pasamos de la risa a la seriedad. Él continuó con su monólogo. Una apología, en realidad, sobre Dios, la Vida y la Muerte. Entonces todos comenzamos a intervenir y a participar de la conversación y nos dimos cuenta que todos teníamos una opinión al respecto. Fue uno de esos momentos que uno define como mágicos. Una revelación.
Luego vino el silencio contemplativo y meditabundo.
Fue en ese momento, cuando una gran llama se elevó desde el centro de la fogata. Medía un poco más de un metro sesenta y, como estábamos todos sentados, la vislumbramos como gigante. Instintivamente nos echamos hacia atrás, hasta casi quedar tendidos en la arena. Nos arrastramos de espaldas para alejarnos de la fogata. Algunos se pusieron de pie, mirando alrededor, buscando algo para apagar la llama.
De pronto Cristián, que estaba sentado a dos metros de la llama, apoyado con las manos, con cara de sorpresa nos grita:
- ¡Miren!.
Todos nos giramos a verlo. Estaba indicando la llama con el dedo índice y, al mirar nuevamente la llama, nos dimos cuenta de lo que había sorprendido a Cristián. Era una mujer. La llama había adquirido la forma de una mujer. No lo habíamos notado, porque se movía como lo hace una llama. En realidad, seguía siendo una llama con forma de mujer pero, sorprendentemente, estaba viva. Parpadeaba y nos observaba.
El pánico inicial había sido sustituido por la curiosidad. Comenzamos a acercarnos lentamente para ver más de cerca y en detalle. Nuevamente Cristián fue el primero en interpelarla.
- ¿Quién eres? o ¿Qué eres?.
- Soy la Verdad- respondió la llama con voz de leño ardiendo.
El sobresalto, al escuchar aquella voz, nos hizo retroceder nuevamente. La pregunta formulada por Cristián, producto del asombro, cualquiera de nosotros la podría haber pronunciado. Era más bien un retórica. Me refiero a que era una pregunta que no esperaba respuesta; así es que la respuesta nos sorprendió a todos nuevamente. Con el asombro ante tal hecho, no escuché o no puse atención a la respuesta. Así es que pregunté a Cristián.
- ¿Qué ha dicho? ¿Qué cosa es?
- La Verdad. Ha dicho que es la Verdad- me respondió Cristián sin quitar los ojos de la llama.
- No puede ser. Esto no puede ser ….
- Sí, eso. No puedes ser la Verdad- repite Cristián, pero mirando a la llama- Tú eres una llama de fuego.
- Si gustas, a mi me puedes llamar Llama de Fuego y, al fuego, Verdad. Da lo mismo- responde la llama.
- No, no puede ser. No puedes ser la Verdad.
- ¿Y por qué no?
- Porque eres una llama de fuego- responde Cristián, ya sin miedo ni asombro en la voz. Ahora tiene el tono de voz de un interpelador.
- Recuerda que la Verdad puede ser acogedora, cálida y puede dar seguridad y alumbrarte en la oscuridad, pero también puede ser dolorosa y puede quemar.
Comenzamos a acomodarnos nuevamente en la arena. La conversación se ponía interesante.
- ¿Acaso -continuó la llama- cuando estuvieron hablando hace poco sobre la Vida y la Muerte, no sintieron que la Verdad los iluminaba?.
Este acierto de la Verdad nos dejó en silencio y pensativos; lo cual aprovechó la llama para continuar su interpelación.
- ¿O acaso prefieres, Cristián, que te queme contándoles a tus amigos lo que tú haces cuando nadie te ve? ¿aquello que jamás has contado a nadie?.
Todos dirigimos nuestras miradas hacia el interpelado Cristián y, el rubor en sus mejillas, nos indicó que la llama había dado nuevamente en el clavo.
- Eso te dolería tanto como una quemada.
Como una forma de distraer la atención y trasladar el foco hacia otro lado, Cristián se decide a contraatacar.
- ¿Por qué has decidido aparecer aquí y en este momento?
- Porque soy la Verdad- responde la Llama- y parece que me habían olvidado.
En nuestros rostros se reflejó el asombro ante un secreto develado. Lo que vino después, es la razón por la cuál ahora le temo a las Llamas. Cuando veo fuego me alejo de él inmediatamente. Puede que aparezca ella nuevamente y me puede quemar. Las palabras que pronunció a continuación, fueron tan locuaces que, el sentimiento que nos atravesó a todos, fue el pavor.
- El año pasado, todos ustedes, hicieron algo que esperaron que quedara oculto, sepultado. Mientras se engañaban pensando que se olvidaría. Creyendo que, de esa manera, desaparecería. Esta noche he venido a decirles que eso no es así. Que renaceré desde las cenizas y volveré, una y otra vez, para mostrarles que no desapareceré. Y que, si no me reconocen, los puedo quemar.
El pensamiento común de la culpa compartida, nos hizo reaccionar al unísono. Nos pusimos de pie y comenzamos a arrojar arena a la fogata. Nuestros oídos se cerraron. No escuchamos nada más de lo que estaba diciendo. En un acto frenético, sofocamos la fogata en pocos segundos. Sin embargo, sus palabras finales quedaron grabadas a fuego en cada uno de nosotros.
- Podrán sofocar esta fogata, pero no me apagarán. Volveré a arder en el interior de cada uno de ustedes hasta que me reconozcan y se resignen ante mi.
Nada fue igual después de ese suceso.
Varios de mis amigos fallecieron. Quemados. En la investigación, nada parecía haber iniciado el fuego que los quemó.
Lo que es a mi, aún no me ha alcanzado. De todas maneras, me mantengo lo más alejado que puedo del fuego. Al parecer, el hecho de que me haya ocupado en servicios voluntarios en Gendarmería, la ha mantenido alejada de mi.
De alguna manera, intenté redimir mi culpa … pero ella sigue ahí ondulado en cada fuego.
A Alicia Aravena P. (QEPD).
Tu Nombre me ha inspirado.

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