OBNUBILAR

Por fin, solo otra vez en la sala. Estoy comenzando a pensar que van a lograr su propósito. Pero aún sigo en pie. Todavía no han logrado doblegar mi concentración. Aún recuerdo la misión que me han encomendado: antes de las doce de la noche, debo ir a la casa de Laura Jemmings, y hacerme pasar por un amigo de la juventud, y contarle que la encomienda va a llegar el día viernes 13, a las 8:45 hrs., al Rodoviario, en Buses Muñoz e Hijos. ¿o es a las 9:45 hrs.?. No importa. Lo volveré a recordar.

En la sala, entran dos tipos que no habían estado ahí antes. Yo los conozco. Comienzan a conversar sobre cine. Me hablan sobre la última película de Charlize Theron. Me intereso en el tema y comienzo a opinar (me gusta esa actriz). Me cuentan que se ha teñido el pelo de negro. Ella es rubia (o al menos lo era). Así se ve muy linda. Morena no sé. ¿Se acuerdan de El Abogado del Diablo?. Ella se ve estupenda. No sé si me enamoré de ella en esa película o fue en una anterior. Ya me comienza a fallar la memoria. ¿Vieron la película donde sale con un gorila gigante?. Joe creo que se llamaba el gorila. La película es mala, pero ella no. ¿Alguien sabe si actuó en la película Starship Troopers?. Me recriminan tal aberración. Es otra actriz que se le parece mucho. Me quedo en silencio por un momento, lamentando la terrible confusión. Y siguen hablando. Algo de Flux se llama la nueva película. No me queda claro si es la adaptación de un comic o de una serie animada que dieron en un canal del cable.

Por fin, se han ido. Solo otra vez. La misión sigue intacta en mi memoria. A las doce en casa de Laura. Soy un amigo de la infancia, que le va a contar que la encomienda llega el viernes 12, a las 9:45 hrs., al Rodoviario, en Buses Muñoz S.A.. ¿O es Muñoz y Cia. Ltda..?. No importa. Ya lo recordaré.

Ahora, hace ingreso a la sala, una mujer joven. Es mi compañera de trabajo. Me quiere preguntar dónde he dejado el GPS para rastrear a sus hijos. Me dice que lo debía dejar en su casillero, pero no recuerdo que me haya dado esa instrucción. Insiste en que me lo pidió hoy por la tarde. Es un dilema. Trato de buscar en mi mente el lugar donde ha quedado ese artefacto, pero no lo recuerdo. Sus hijos tienen la mala costumbre de desviarse del camino a casa cuando salen del colegio. Recuerdo que estuve en los camarines, pero no logro recordar el famoso GPS de mi compañera. Le digo que se quede tranquila. Que debemos conservar la calma y recordar. Recordar dónde quedó el accesorio extraviado. Comienza a nombrarme a sus hijos y las diversas teorías que tiene sobre el lugar donde pueden estar en este mismo momento. Le pregunto por el nivel que está cursando el mayor de sus hijos. Me dice que va en cuarto básico. ¿Qué edad tiene entonces? –le pregunto sorprendido-. Este año cumple los diez –me responde ella-. Me doy cuenta de que hace mucho tiempo que no he visto a sus hijos. De pronto, se levanta del asiento, y me dice que ha recordado dónde dejó el GPS. Me da las disculpas y sale de la habitación.

Me quedo en silencio y pensativo por un momento. Luego reacciono, y me incorporo en mi asiento, ofuscado. Ofuscado porque recuerdo que no tengo que olvidar. Olvidar la misión. Entonces comienzo a bucear en mi memoria para reflotar, parte por parte, las palabras que forman parte de las instrucciones que me han encomendado, y que constituyen mi misión. Comienzo a ordenarlas de manera coherente, para volver a repetírmelas una vez más. Sí, la misión. Debo ir a casa de Laura Muñoz el día 12 en la noche y hacerme pasar por un niño de diez años que le va a llevar una encomienda (creo que es un GPS), para que la lleve al Rodoviario, a las 9:45 hrs., y se la entregue a un señor Jemmings. Dudo por un momento, pero luego me consuelo pensado que las palabras siguen aún en mi mente. Sólo debo revisar la redacción.

Hace dos minutos que se ha sentado, frente a mí, una señora de edad algo avanzada, con un cigarro en la mano derecha y, en la otra, una taza de café recién servido, y que dice ser una operadora de la central telefónica. Luego de que me dice su nombre, reacciono haciéndole un gesto que le hace notar que ya había hablado con ella por teléfono, pero que no la conocía en persona. Por el sonido de su voz al teléfono, me la imaginaba mucho más joven y con un físico mejor cuidado, pero no era el momento para tales confidencias. No sería apropiado ni prudente. Tampoco para contarle que había tenido más de alguna fantasía con ella. Comienza a hablarme. A contarme de una llamada, que había recibido hace dos días atrás, de un señor que le recriminaba por los cobros excesivos en su cuenta de teléfonos, y que él necesitaba que le enviaran, a su domicilio, un detalle de todas las llamadas que le estaban cobrando. Ella intentó explicarle que no estaba llamando al lugar apropiado para resolverle su problema, pero él le interrumpe diciéndole, y recriminándole, que ya lo han tramitado mucho traspasando su llamada de un anexo a otro y, antes de que ella pudiera responderle, le exige que no le traspase a ningún anexo más, de lo contrario, enviaría una carta al diario denunciando los cobros excesivos y el trato displicente que se le brinda a los usuarios cada vez que llaman por alguna consulta. Y, por si no le había quedado claro el tono de su amenaza, le dice que la acción que él piensa emprender, le podría costar, a ella, su puesto de trabajo.

Después de botar un poco de cenizas de su cigarro al piso, y de sorber un poco de su café, continúa explicándome que dejó que el señor hablara, hasta que él estuvo un poco más calmado, y luego le explicó que, el número de teléfono al que estaba llamando, no era el de dicha compañía de telecomunicaciones, sino que se estaba comunicando con la División de Inteligencia y Telecomunicaciones, un organismo estatal dependiente de la policía civil. Ella se pone a reír, mientras bota un poco más de ceniza al piso. Luego sorbe un poco más de café antes de proseguir. Me dice que él se quedó mudo por un momento, pero que luego comenzó a quejarse de que el nombre de nuestra División, que aparece en la guía telefónica, induce a errores como el suyo. Que el nombre de la entidad a la que pertenecemos, debería ser cambiado o, por lo menos, debería dejar explícito en la guía de teléfonos que se trata de un organismo estatal. Y que, de todas maneras, va a enviar una carta al diario quejándose por esta situación. Luego de esas palabras, colgó. “¿Me puedes creer que exista gente así, que no sabe pedir disculpas no reconocer que se ha equivocado?”. Le dedico un gesto de aprobación, al no encontrar un comentario que hacer al respecto. Ella mira su reloj, y luego se pone de pie (al tiempo que pisa la colilla de su cigarro en el piso), y me dice que debe volver a la Central. Y, como ocurrió durante toda su permanencia en la sala, no digo una sola palabra mientras ella se retira.

Me quedo pensando un momento en lo increíble que me parece, que una persona como ella, cuyo trabajo consiste en hablar por teléfono durante horas, dedique su tiempo libre a seguir hablando de sus anécdotas telefónicas. Me parece increíble. Es como el cartero que sale a caminar los fines de semana.

Una vez más he quedado pensativo y en silencio. Pero luego, vuelvo a reaccionar ofuscado, y me incorporo en la silla, para concentrarme, otra vez en la misión. Pero justo en ese momento, aparece alguien por la puerta, preguntándome si estoy listo. Mientras me encojo de hombros, y antes que pudiera balbucear una palabra en respuesta, alguien en el interior, le responde que aún no estoy listo. Entonces se retira, cerrando la puerta.

La desesperación se apodera de mí, al comenzar a sentir que la misión ha comenzado a huir de mi mente. Entonces se vuelve a abrir la puerta, pero esta vez ingresan tres personas en la sala. Dos hombres altos y de gafas, flanqueando a un hombre bajo y gordo. Lo reconozco enseguida. Es mi jefe y sus guardaespaldas. Se sienta en la silla frente a mí, con sus dos guardaespaldas de pie a ambos costado suyo. Abre su carpeta, extrayendo una hoja, que parece ser mi ficha de antecedentes. Luego levanta su mirada, para dirigirla directamente a mis ojos. Me pide que le repita las instrucciones de la misión que me encomendaron, antes de comenzar este interrogatorio que ya completa las dos horas. Titubeo inseguro ante la angustiosa sensación de mi mente perturbada. Pero luego me entrego resignado ante la situación en que me encuentro. Si demoro mucho en responder, notará mi perturbación e inseguridad. Entonces, comienzo a hablar con determinación: “Debo ir a la casa de Laura Jemmings, a las 9:15 hrs., y hacerme pasar por un señor Robert Muñoz, para entregarle una encomienda que llegó el día viernes 12 al Rodoviario”. Mi jefe baja la mirada, y hace unas anotaciones en la ficha. Luego, vuelve a levantar la mirada, y me dice: “Felicitaciones. Queda usted reclutado”. “¿He acertado con la misión entonces?”- le pregunto sorprendido. “Por supuesto que no”- me replica, encorvando las cejas. Mi alegría por el reclutamiento, se transforma de pronto, en una sorpresa casi de horror. “Pero, ¿cómo?”- le pregunto sorprendido. Él baja su mirada hacia mi ficha, y comienza a leer: “Usted debía ir al aeropuerto, a las 12:00 hrs., para acompañar al señor Robert Jemmings, que llegaría en el vuelo de esa hora. Haciéndose pasar por un taxista, usted debería trasladarlo al Rodoviario, para subir a un bus que lo llevaría a la ciudad de Santa Laura. En el trayecto usted le entregaría una encomienda que debería entregar llegar el señor Jemmings, al agente Muñoz que se encontraba en esa ciudad”.

Nuevamente mi mente se ofusca, tratando de entender lo que estaba ocurriendo. Mi jefe cierra su carpeta y se pone de pie. “Hace años que buscamos una persona con sus características. Alguien que, ante un interrogatorio apremiante y tortuoso, pudiera entregar información errónea a sus captores. Alguien a quien no pudieran sacarle ni una gota de la verdad, aunque le aplicaran el suero que hace hablar hasta a los mudos”. Antes de abandonar la sala, en compañía de sus guardaespaldas, pone su mano en mi hombro, y me dice: “Bienvenido a la Sección de Contrainteligencia”.

Me quedo un momento sentado solo en la sala, riéndome de la situación que acabo de vivir. Y pensar que mi madre me envió al psicólogo por mis problemas de memoria. Ella nunca se imaginaría que su hijo recibiría un ascenso por eso. Son las ironías del destino.

Salgo del edificio con mi estima renovada. Camino hacia el estacionamiento, para poder dirigirme a mi casa a celebrar la magnífica noticia. Avanzo con paso firme y seguro pero, de pronto, la ofuscación se vuelve a apoderar de mi mente. Deambulo entre los vehículos, de un lado para otro, buscando el mío. ¿Dónde habré estacionado el auto?.

Comentarios

Sandra dijo…
Que buena, es como para contarle secretos jajaja
muy buen cuento
Mauricio Díaz dijo…
Gracias, vocecita...

Es el último cuento que he escrito, y de es noviembre-diciembre del 2006.
Anónimo dijo…
Provocas muchas cosas en mi... me encanta
Mauricio Díaz dijo…
Gracias!.

Cuando escucho voces que me susurran estas cosas muy cerca... cuando me dicen que, leer algún cuento mio, les provoca cosas, siento que voy por buen camino.
caoz dijo…
quiu...

porque en tu "mundo" no posteai los comics que haz escrito?, porque solo los cuentos?
Mauricio Díaz dijo…
Este es mi mundo...
Y de este mundo, me salgo y escribo un guión para un comic...
pero luego vuelvo, porque este es mi mundo... donde mejor me siento.
YAKO dijo…
los cuentos son tus amates bellas?? y los comics las feas??
o en tu mundo prefieres llenarte solo de letras ???..
judas316 dijo…
Maono su mundo es su mundo y que no se le vaya a crear la guerra de los Edmundos que hay nos vamos a la..... Oiga me tome la libertad de linkearlo en mi blog espero una retribucion de igual proporcion, gracias de antemano, mano

Judas"Un amistoso"316.-
Mauricio Díaz dijo…
"Mucho ruido y pocas nueces"...

Estas vocecitas hacen mucho ruido, pero podría apostar que no se han tomado el tiempo de leer ni un sólo cuento... jajaja

Y, no creo que sea necesario explicar que, para alguien que le gusta escribir cuentos (o novelas), el comic es una camisa muy chica... pero una camisa más, al fin.
YAKO dijo…
jajjaja... esas vocecillas,,, hay que eliminarlas...

en todo caso es muy bueno el cuento, pero que se yo, si solo uso camisas chikas..(aunque no este deacuerdo con el termino)jaja

saludos...
Vassink dijo…
Tienes buenas historias en tu mente, y las narras muy bien.
Me hubiese gustado escribir mas o menos asi, pero soy malo para estas cosas...
Mauricio Díaz dijo…
Gracias por los comentarios...

Este espacio se está llenando de gratas visitas...

Parece que me tengo que apurar en terminar mi último cuento.
Vassink dijo…
A Guarnido y Loisel no los conocía, a los demás si. Gracias por el aporte cultural. Están buenos los dibujantes...
Es solo que ahora estoy en la duda de q me gusta mas, la ilustración o el comic... (hoy me gusta mas el comic)
caoz dijo…
segun mi humilde opinion el comic es una camisa mucho mas grande que los cuentos o la novela., mas grande que el cine incluso. pero hay que saber bestirese pa usar camisa.

hablando de otra cosa, se van a aparecer los microcuentos paralelos por aca?
Mauricio Díaz dijo…
No puedo publicar los microcuentos, porque son para un concurso, y las bases me impiden publicarlo en otro lado... tendré que esperar a que salgan los resultados, para poder compartirlos acá.

Y de seguro que lo haré, pierda cuidado.
caoz dijo…
ye esta...
ya los publicó, me alegro, los relei, hacia rato que no leia nada tuyo, algo fuera de una celda digo, jajaja (celdas de guion, no va a faltar el gueon que crea que estube preso)