No te imaginas las cosas que puedes encontrar botadas en las calles del centro de la ciudad; ni lo que, inocentemente, esconden sus basureros. Y tampoco te imaginas para qué ni cuándo, te pueden ser útiles.
El centro de la ciudad es un escenario perfecto para practicar la mimesis. Todo pasa desapercibido. Nadie se detiene a observar. “Caminar y esquivar” se llama el juego, en el gran laberinto de edificios. De pronto, el centro de la ciudad, se nos presenta como un gran universo microscópico. Es como el largo pasto del jardín, que esconde un sin número de seres imperceptibles a nuestros ojos. La gran mayoría, sólo está de tránsito por el lugar, y son sólo unos pocos los verdaderos moradores. Precisamente, en este momento, uno de estos últimos viene bajando por calle Pratt, en dirección a la Plaza.
Es un hombre joven, de unos 25 años más o menos. Cara redonda y tez algo morena. Pelo rizado, pero despeinado, y con un incipiente bigote. Su aspecto es absolutamente desarreglado. Viste unos blue jeans desteñidos, zapatillas de lona color azul, una polera totalmente roja, y un largo y harapiento chaquetón de lana verde. Sin embargo, el joven es, en esencia, inofensivo. Y así lo entiende la gente que lo ve pasar. Usa muletas.
Se ha detenido un instante, para hacer un nuevo esfuerzo en agacharse a recoger algo. Esta vez se trata de una pequeña lima para uñas. Nunca se sabe cuándo te puede ser útil.
El siempre encuentra cosas, todos los días. Un ejemplo de esto, son los tres relojes que lleva en el brazo izquierdo, así como tantas cosas más que lleva escondidas en sus bolsillos. No tiene amigos ni conocidos. Sólo su madre y su hermana forman parte de su red social. Es por eso que nunca mira a nadie al caminar. Sólo mira al suelo y las paredes. Ahí están los objetos que él busca : Aquellas cosas que dejaron de pertenecer a alguien.
Todos los días se dirige a la Plaza de Armas, porque es el mejor lugar para dar vueltas todo el día e ir encontrando nuevos objetos botados en cada giro. Y, si necesitas descansar un rato, hay bancos en todos lados.
Es precisamente en uno de esos descansos, sentado en un banco frente a la Municipalidad, cuando se encuentra botado un objeto, que podría ser un anillo. Se levanta presuroso y se acerca. Es un anillo. Lo va a recoger, y justo cuando se encuentra realizando su secuencia de movimientos sincronizados para agacharse, es atropellado por un transeúnte distraído.
Se trata del senador Bañados, que iba con su comitiva de tres acompañantes, camino a una reunión con un senador de la bancada opositora. La reunión era muy simple. Se trataba del conocido juego de “Yo te doy, pero Tú me das”. Y, precisamente, se encontraba afinando los detalles de su petitorio, cuando tropezó con el joven de las muletas.
El joven, en un esfuerzo por intentar erguirse, apoyó su mano derecha sobre el bolsillo de su chaquetón. Un objeto en su interior hizo ¡Clic!. Y antes de poder averiguar de qué se trataba, se encontró de frente, con el rostro alterado del senador, quien ya había tomado conciencia de su humillante situación y de la poca valencia social del causante de ésta.
El momento tensional provocado por la situación, duró el segundo que el senador de la República demoró en iniciar su alegato contra el joven.
- ¡Pero cómo no te fijas por donde caminas, torpe!. ¡Cómo no te fijaste que venía yo! - vociferaba el senador, con su rostro cada vez más encolerizado-. ¿Acaso no sabes quién soy yo?. Soy Jorge Bañados, senador de la República. ¿Sabes lo que eso significa, inválido tarado?. Significa que te has metido en graves problemas.
- Cálmate, Jorge - le dijo uno de sus asesores, tomándole por el brazo-. Fue un accidente. No sigas tratando así a este inválido. Podría afectar tu imagen.
- No te preocupes. Lo haremos ver como que fue un intento de robo. Así haré que este desgraciado se arrepienta por esta humillación.
Justamente en ese momento, la escena se ilumina con la luz de un flash. Un afortunado fotógrafo de El Diario Austral, que por azar se encontraba de paso por el lugar, no dudó en capturar ese instante con su cámara, pensando haber salvado su día. Inmediatamente, otro de los asesores del senador, se dirigió hacia el fotógrafo, para lograr comprar aquella fotografía, con cámara y rollo incluido, con un buen soborno. A lo cual, el fotógrafo aceptó sin reproches. Se trataba del senador Bañados : “UN HOMBRE QUE PAGA BIEN”.
Al ver el buen fin de las negociaciones con el fotógrafo, el senador y su asesor reanudaron su interrumpida discusión.
- Lo del robo no va a resultar, senador –continuó el asesor-. Hay muchos testigos en este lugar, y más de alguno de ellos, puede ser un elector disgustado con su campaña, y que estaría presto a ofrecerse voluntario para atestiguar en contra suya.
- Tienes razón. Y la situación se está volviendo algo tensa, aquí parados –observó el senador-. Entonces, ¿Qué vamos a hacer?.
- ¡Su carnet! –respondió el asesor-. Retengámosle el Carnet de Identidad, mientras pensamos qué vamos a hacer con él.
El asesor hizo un gesto con su cabeza al tercer asesor, y éste se dirigió donde el joven.
- ¡Tu Carnet! –le exigió al joven, con la mano extendida-.
El joven lo extrajo de un pequeño bolsillo de su chaquetón, y se lo pasó al asesor.
- Bien. Vamos nos ahora –ordenó el senador-. Vamos a llegar tarde a la reunión.
Los cuatro hombres se alejaron presurosos del lugar, dejando al joven de muletas tendido en el suelo. Éste extendió su brazo izquierdo, para tomar el anillo que estaba en el suelo, y luego lo guardó en uno de los bolsillos de su chaquetón. Luego comenzó a realizar su secuencia de movimientos sincronizados para ponerse de pie.
Cuando estaba realizando uno de estos movimientos, y justo en el momento que quedó con su cabeza mirando al cielo, observó a unas aves que se encontraban paradas en unas ramas justo sobre su cabeza. Tan pronto estuvo de pie, emitió un fuerte suspiro, se arregló el cuello de su chaquetón, y decidió que ya era buena hora para volver a casa.
Se dirigió directamente hacia el paradero de micros de calle Portales. No sin antes hacer una breve parada, para recoger una moneda de 100 pesos que estaba bajo una cuneta. Nunca se sabe cuándo te puede ser útil.
No tuvo que esperar mucho. Su micro ya estaba estacionada.
- ¿Me lleva por 100, caballero?.
El chofer respondió haciendo un gesto afirmativo con la cabeza. Subió al primer peldaño, y le pidió al pasajero del primer asiento que le ayudara con las muletas. Se acomodó en el asiento que está detrás del chofer, y le dio las gracias al pasajero. Miró por la ventana y volvió a suspirar.
Luego introdujo una mano en el bolsillo derecho de su chaquetón, y extrajo una pequeña grabadora de mano. Otro de los objetos que había encontrado en la calle. Se dio cuenta de que estaba grabando, y recordó el ¡clic! de la plaza. La manipuló con sus manos. Primero “STOP”. Luego “REW”. Espero unos segundos, y “STOP” de nuevo. Luego “PLAY”. ” No te preocupes. Lo haremos ver como que fue un intento de robo. Así haré que este desgraciado se arrepienta por esta humillación”. Un último “STOP”, y otro suspiro mirando a la ventana.
Nunca se sabe cuándo te puede ser útil.

Comentarios
Muy buena historia, me gustó mucho la personalidad del "hombre de la calle", te contaré que lograste que yo lo "construyera" a medida que lo describes, de hecho en las primeras líneas lo ví caminando muy bien y de a poco "logras" entregarme la real caracterización. Me gustó mucho, como siempre. Gracias.
A veces, uno tiende a entregar mucha información al lector, para que se forme la imagen que uno quiere que tenga, y la verdad es que es una pérdida de tiempo, y a la vez, haces que la historia se ponga latera. Yo creo que, cuando vas mostrando cómo piensa el personaje, cómo actua y cómo vive, le permites al lector que se forma una imagen, incluso una cara, del personaje.
Y sobre la historia, bueno el personaje yo lo ví en el centro de Temuko, pero le di mi propia versión de su personalidad. Y el político... me inspiré en un conocido político de la región.
La realidad mezclada con fantasía, es otro cuento.