Un par de cosas me mantienen aún en esta ciudad de Carahue. Una, el poder recopilar datos para escribir mi reportaje, y la otra, mi orgullo. Llevaba ya dos semanas sin conseguir nada. El hecho que esperaba todas las noches que ocurriera, ansioso con mi cámara, parecía esconderse de mi. Mi grabadora de mano se convirtió rápidamente en un artefacto sin utilidad. La gente del lugar me mira de manera extraña, como si fuera un delincuente o algo así, un personaje peligroso, una persona no deseada. Un profanador. Mi editor me había gritado la noche anterior, que no deseaba más pérdida de tiempo, ni de dinero, en ese lugar tratando de cazar un rumor sin trascendencia. Mi trabajo parecía estar en una condición muy peligrosa a causa de mi obstinación por aquel reportaje, pero eso no era muy diferente a mi situación antes de él, pues me había convertido en un reportero en decadencia, camino a la extinción. Mi carrera como periodista exitoso, necesitaba urgentemente de un golpe de suerte que me colocara nuevamente en el lugar de reportero estrella. Y este reportaje lo era ... o, por lo menos, eso es lo que esperaba.
Esta extraña dirección que tomó mi carrera como periodista, comenzó hace un mes atrás, en un bar de mala muerte, conversando con un viejo ebrio que frecuentaba ese lugar. Mi apariencia, por aquel entonces, era muy distinta a la de ahora. Una barba descuidada, un pelo desordenado y sin lavar, y un terno que nadie creería que tenía menos de un año. Mi vida había caído en un agujero sin salida y me había refugiado en el seguro, pero poco saludable, mundo de la bebida. Fue la mejor solución, además de bajo costo, para poder distraer mi mente en resacas y otros malestares producto de la borrachera, en vez de concentrarme (o, mejor dicho, para no concentrarme) en lo suicida que era mi vida en ese momento. En esa condición, con la mirada concentrada en el vaso de bebida que tenía servido, y sin poner mucha atención a la conversación que sostenía el viejo a mi lado, fue que escuché una extraña historia que ocurría a las doce de la noche en la plaza de un pueblo. Cuando levanté mi cabeza, algo arrugada por la curiosidad que me provocaba el relato, para hacer la correspondiente pregunta de “¿ Cómo fue eso?” que contrastaba con la expresión de mi rostro, que comencé a poner más atención en la historia que me estaban contando. La lucidez volvió a mi, al descubrir en ese relato una oportunidad para salir de aquel agujero en el que había caído.
El hecho ocurría en la plaza de la ciudad de Carahue, exactamente a las doce de la noche. Y la historia decía que, si uno cruzaba aquella plaza a dicha hora, se perdía. No me refiero a que desaparece, sino a que, luego de cruzar aquella plaza, apareces en otro lugar. Pude deducir del relato del anciano, que aquel hecho tenía características de un fenómeno sobrenatural. El comportamiento de los individuos, posterior a la experiencia del fenómeno, se caracterizaba por una pérdida de la noción del tiempo y de la memoria. Sólo alcanzaban a recordar que comenzaron a caminar por la plaza, y luego aparecieron en otro lugar. De lo que ocurrió en medio de aquel trayecto, nadie lo recuerda.
Lo que el anciano me estaba contando, lo había experimentado en persona, así como tantos habitantes del lugar. Y era tal el hechizo que aquella historia había provocado en mi, que cuando el viejo me dijo “¡ Le juro por Dios que es verdad !”, yo ya sabía que así era.
Pero lo que al final logró convencerme para que fuera a conversar con mi editor y desafiarle a que me diera la última oportunidad, fue el hecho de que tenía la certeza de que el relato no era una simple leyenda de pueblo chico. Sobre todo porque no era un hecho esporádico que se pudiere dar en cualquier lugar de la ciudad, sino que ocurría todos los días a las doce de la noche en la plaza de Carahue. Es decir, ocurría a una hora y en un lugar específicos. Lo anterior me llevó ha elaborar una hipótesis : Lo que de día se conoce como la famosa plaza de Carahue, a las doce de la noche, se transforma en otra cosa. Y eso es lo que viene a averiguar. Tal vez no se transforma, tan sólo despierta de su letargo. Tal vez alguien construyó algo en aquel lugar, y luego lo disfrazó con el aspecto de una plaza. O tal vez, la misma gente del lugar, quiso esconder algo ahí, construyendo aquella plaza.
Muchas teorías rondaban mi cabeza, sin embargo ninguna era demostrable. Sobre todo porque no tenía pruebas del fenómeno. Y eso es lo que he estado haciendo en estas dos semanas aquí en Carahue. Pero mis esfuerzos han sido infructuosos.
Lo que estas leyendo en este momento, lo estoy escribiendo sentado en uno de los escalones de la iglesia que se encuentra justo en frente de la plaza. Voy ha hacer mi último intento por descifrar este misterio. Son las once horas con cincuenta y siete minutos de la noche del sábado veintidós de agosto de mil novecientos noventa y ocho, y voy a entrar a la plaza con mi cámara y mi grabadora de mano, y dejaré esta nota en este escalón, porque no tengo la certeza de lo que pueda ocurrir conmigo después de esto.
Espero llegar de vuelta, a buscar esta nota, antes de que alguien la lea. Si no es así, significa que mi incursión fue un éxito, ... pero mi reportaje nunca se publicará.
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