LOS LANZA VIENEN DE ESPAÑA

Soy un “lanza”, y no me estoy refiriendo a mi apellido. Por lo menos, así me llaman mis amigos (y no amigos, también). Y “lanza”, me han gritado desde que era muy pequeño. Pero no me mal interpreten : no soy un ladrón. Yo no robo. Eso es malo. Tan sólo tomo posesión de lo que me corresponde. Es mi derecho. Es por eso que estoy orgulloso de ser un “lanza”.

Pero ahora que recuerdo bien, mi orgullo por ello, comenzó cuando estaba en sexto básico. Antes de eso, pensaba que ser un “lanza”, era algo malo. Y yo no era eso. Todo lo contrario. Era el mejor alumno del colegio, y el alumno más aventajado en matemáticas. Mis padres, profesores y gente mayor que sabía de esto, me decían que era un niño muy inteligente y que esto me abriría muchas puertas en el futuro. Pero, cuando me gritaban “lanza”, mis compañeros de cursos y el resto de los niños del colegio, me hacían sentir como si fuera el más malo.

Gracias a Dios, ese año tuve clases de Religión. Ahí pude desahogar todas mis inquietudes que no tenían que ver con Matemáticas, Castellano, Historia, Cs. Naturales o Artes Plásticas. La profesora se llamaba Srta. Constanza (nunca me olvidaré de su nombre). Había que decirle “Señorita” aunque ya era mayor de edad. Se caracterizaba por ser muy catedrática al momento de aclarar alguna duda (cosa que jamás lograba). Sus respuestas eran muy extensas y en un lenguaje que ninguno de nosotros lograba entender. Usaba muchas palabras raras, y ninguno de nosotros se atrevía a preguntar su significado por temor a otra de sus largas respuestas.

Se dijo que su actitud, algo altanera por momentos, se debía a que los demás profesores la miraban en menos, porque decían que había “entrado por la ventana”. Ahora que soy más grande, y entiendo lo que eso significa, creo que sólo eran celos profesionales. En todo caso, injustos. La Srta. Tenía vocación para la pedagogía.

Antes de conocerla, mis compañeros me llamaban “lanza”, por el hecho de que yo nunca compraba algo del quiosco del colegio, sino que lo tomaba y listo. La abuelita nunca me dijo nada, y creo que era porque ella entendía lo mismo que yo. Era lógico : ellos debían pagar por lo que ella ofrecía en el quiosco, pero yo no, pues era el mejor alumno del colegio. Mi confusión sobre si aquello era bueno o malo, me duró hasta que acudí a la Srta. Constanza.

Nunca olvidaré aquel día. Me acerqué a ella y le pregunté : “Srta. Constanza, ¿de dónde vienen los ‘lanza’?”. Y ella me respondió (con esa voz tan parsimoniosa y la vista en el cielo) : “Los ‘Lanza’ vienen de España. Uno de ellos, Don Benito, fue hombre de confianza de la Reina Isabel II, y se casó con Doña María Pignatelli, quien era Duquesa, Marquesa y Princesa. ¿Por qué lo preguntas?”. “Por nada”, le respondí.

Y desde ese día, nunca más me avergoncé por tomar lo que, por derecho, me corresponde.

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