UNA SENCILLA ACEITUNA VERDE

Sobre la alfombra rueda una aceituna verde. Una niña pequeña se dirige gateando hacia ella. Luego se detiene sobre la aceituna y la toma con sus pequeños dedos. Mientras se sienta en la alfombra, observa la aceituna fijamente entre sus dedos y luego se la hecha a la boca y comienza a chuparla nuevamente. De pronto alza la cabeza y observa a su alrededor. La aceituna rueda otra vez sobre la alfombra. Suelta un hondo suspiro y después se pone de pie.

La sala se ve repleta de sillones doblados y brazos colgando. La pequeña Carolina limpia sus manos en su hermoso vestido rosado y comienza a caminar por la sala. Mientras camina, dirige una leve mirada hacia atrás para ver a su madre que aún esta durmiendo. De pronto le viene un pequeño susto cuando choca con un sillón. Mira hacia arriba y ve al hombre de bigotes feos que está durmiendo sobre él. En el bolsillo pequeño de su chaqueta, se asoma un pañuelo. Carolina lo toma, lo observa, se lo hecha a la boca y, después de chuparlo, lo bota al suelo.

La luz del alba deja al descubierto un escenario de rostros pálidos mirando al cielo. En el aire se siente el olor pestilente de los cigarrillos fumados durante la noche que se mezcla con el olor del alcohol bebido. La pequeña Carolina suelta un ahogado estornudo de gato afirmada del sillón. Luego dirige su mirada hacia el otro extremo de la sala para ver el brillo en los lentes oscuros de un hombre joven recostado en un sofá.

Ella entiende que, aunque se encuentre toda esa gente frente a ella, nadie le prestará atención a sus gracias hasta que comiencen a despertar. Por eso permanece cómplice del silencio como si estuviera chismeando un secreto con el alba.

La luz del sol que entra por el ventanal, hace brillar sus pequeños ojos. Ahora ha dirigido su mirada a una mujer que esta sentada enfrente de ella. Carolina observa las flores estampadas en el vestido de aquella mujer. Estira sus pequeños dedos como queriendo tocarlas y con sus labios frunce un beso al aire.

Al sentir un leve movimiento de su madre, ha lanzado una mirada furtiva hacia ella. Luego, con una sonrisa de felicidad, se dirige hacia ella para abrazarla y recostar su cabeza sobre su falda. Y al pasar por la alfombra, vuelve a rodar la aceituna verde.

Quizás, cuando Carolina ya sea mayor, también asistirá a una fiesta de matrimonio y su hija la despertará con una caricia en el rostro.

Comentarios

Sandra dijo…
Este cuento tengo la sensación que es de hace algún tiempo. Anda dando vueltas aquí en mi cabeza, tengo la sensación de haberterlo leido en alguna oportunidad.

Me gusta como describes los cuerpos en descuidado reposo, esos grandes cuerpos tirados al descuido por la casa, y la pequeña se tiene que conformar con la aceituan verde. Por lo menos es verde, es más rica que las negras.
Mauricio Díaz dijo…
Este cuento, tiene sus años ya...

Lo que intento, es transmitir una visión del mundo desde los ojos de una niña... un intento por empatizar con ella e intentar llevar al lector a ponerse en su lugar.