EL PLATO DE GREDA



La faena del día es cansadora. Debo reconocer que, a veces, mi trabajo me aburre y me cansa. Para los patrones, manifiesto que estoy agradecido de trabajar para su parcela, pero en mi interior, ya estoy agotado de trabajar duro todos los días. En un comienzo, fue la salvación para mi precaria situación, pero ahora siento que me estoy consumiendo aquí. Al finalizar la faena, mi cuerpo emana vapor por el sudor, y con él se va parte de mí y de mis esperanzas. Ya no soy libre como lo era antes. Ahora soy un esclavo remunerado.

Pero en días como este, hay algo que me devuelve las ganas de vivir y disfrutar de las pequeñas cosas que nos regala la vida. Cuando llega la tarde sobre la parcela, y después de bañarme y cambiarme la ropa, voy a ver el atardecer con un cuenco de greda y, en su interior, mi última comida del día. El día de hoy me han correspondido una cucharada de arroz y dos huevos fritos para llenar mi cuenco y estómago. Entonces me siento en una banca afuera de la casa y observo el hermoso color del arrebol al atardecer. Siento como ese color rojo que adquieren las nubes va renovando la sangre que corre por mis venas, animando mis ganas de vivir. El arrebol también se refleja en mis mejillas, cuando río de satisfacción por el hermoso espectáculo del atardecer, mientras cuchareo con calma mi última comida. Y es entonces, casi al finalizar mi plato, cuando disfruto de mi segundo placer del día: raspar con el tenedor los últimos restos de mi comida sobre el fondo del cuenco de greda.

        Comienza como un sonido muy despacio, que va creciendo y ocupando de a poco el silencio que me rodea. El rechinar que provoca el tenedor con la greda sólida se va traspasando a mis dientes, nublando mi conciencia, poco a poco. El rechinar se convierte en ruido que va en aumento, al punto de experimentar algo similar al dolor, pero en realidad no duele. Mi tolerancia se pone a prueba y la estiro lo máximo que puedo, mientras las penurias de mi día huyen de mi mente, y con ella los gritos y las órdenes humillantes y el desprecio y la indolencia, y mi mente queda en blanco, mientras soporto el ruido que ya ha llegado a mis muelas y comienza a pasarse a mis sienes. Por lo general, John interrumpe este momento íntimo de mi última comida del día, porque le molesta el ruido y se enfada conmigo, al punto que me busca para morderme. Es muy intolerante con el ruido. Pero esta vez parece no estar cerca de aquí, así que puedo prolongar este momento de paz. Este momento de masoquismo donde lacero mi mente y oídos con este ruido estridente para sustituir un dolor por otro. Para no sentir, finalmente. Para huir sin huir, también.

De pronto el ruido cambia, se mezcla con otro que interrumpe mi ritual. Son ladridos lejanos que se acercan. Es John que viene corriendo a toda carrera para morderme. Tomo mi cuenco de greda firmemente con ambas manos y lo aprieto contra el pecho y comienzo a correr en dirección contraria para que no me alcance John. Él corre más rápido, por eso debo comenzar a correr antes de que llegue. Rodeo la casa para ingresar a la cocina por la lavandería y así ganar distancia con John que ya se encuentra en la banca donde estuve sentado. Corro esquivando las mesas de la cocina hasta depositar mi cuenco de greda en el lavaplatos y salir huyendo hacia mi barraca para esconderme. Entonces aparece el resto de la gente de la casa y sorprenden al John dentro de la cocina y lo echan de ahí con una escoba. ¡Hasta cuando va a aprender este perro que no debe entrar a la cocina!, gritó una de las empleadas con la escoba en mano.


Ayer fue mi último arrebol en esta casa. El patrón me echó, porque se acabó la cosecha y el trabajo en la parcela. Me despedí de las puras empleadas de la casa, porque son las que hacían mi comida diaria. Y dejé mi cuenco de greda al lado del plato de John.


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