Andrea me invitó a su matrimonio y no pude rechazar la invitación de una amiga tan querida, aunque eso implicaba sepultar para siempre mis pretensiones de ser algo más que sólo un amigo para ella. Con Andrea nos conocimos en la adolescencia, mientras estudiamos en la enseñanza secundaria. Teníamos amigos en común, por lo que, sin pretenderlo, terminamos encontrándonos en el mismo grupo de amigos. La conexión y la química fue inmediata. A ella le encantó mi simpatía. A mi me gustaron otras cosas de ella, además de su simpatía. Nos volvimos cómplices en todo. Íbamos a fiestas juntos (de hecho, sus padres no le daban permiso si no iba conmigo), teníamos nuestras coreografías de baile, triunfamos en el karaoke, éramos el alma de cualquier fiesta. Y eso la hacía muy feliz. A mí, aún más. Fuimos la pareja ideal para todo, menos para el amor. Siempre fui nada más que un gran amigo para ella. Cuando ella comenzaba una relación con algún chico, debíamos vernos con menos frecuencia. Yo no me metía con sus parejas. Nunca fui amigo de ninguno de ellos. Creo que tampoco yo les simpatizaba a ellos. Recuerdo la fiesta de despedida de cuarto medio, estábamos todos medios borrachos y alegres por haber finalizado por fin ese período tedioso de clases, uniformes y evaluaciones, y Andrea me dice (ya borracha a esa altura), que fue afortunado que nunca hayamos sido pareja, porque ya habríamos terminado a esa altura, y que ella me prefiere como amigo. Experimenté lo que es la muerte súbita en ese momento. Un momento incómodo para cualquiera que haya vivido esa situación. Te encuentras en un dilema sin solución. Es decir, lo que la hace feliz a ella ¿me hace feliz también a mí? Postulé a una universidad lo más alejada de aquí para evitar la posibilidad de volver a encontrarme con Andrea. Necesitaba hacer eso por mi propio bien. Y creí haberlo logrado. Hasta ahora.
Andrea me invitó a su matrimonio y no pude rechazar la invitación de una amiga tan querida, porque ahora soy una persona diferente. Más maduro. Claro que preferí excusarme de no asistir a la iglesia para evitar presenciar su triunfal ingreso a la iglesia, con esa performance tan de la realeza que suelen lucir las novias, y opté por dirigirme directamente al recinto donde se celebraría la cena de matrimonio. En la entrada de aquel lugar, había un mapa con la distribución de las mesas en el gran salón, así que extraje la invitación que llevaba en el bolsillo de mi chaqueta y comprobé que mi mesa era la número 19. Mi primera decepción fue comprobar que aquella mesa era una de las más alejadas del salón. Cuando llegué hasta ella y tomé asiento, me encontré rodeado de un grupo de 11 desconocidos y desconocidas de un variado grupo etario. Cuando hicimos las respectivas presentaciones, me di cuenta que estaba ubicado en la mesa de todos los amigos y amigas del novio y de la novia, junto con algunos tíos y tías lejanas de ambos. La mesa de las invitaciones forzadas, la bauticé. Al centro del salón, estaban ubicados los novios y sus parientes más queridos, y nosotros estábamos en el lugar más alejado del cariño. Lo comenté con la chica que se sentó al lado mío, y estuvo de acuerdo conmigo. Ella era amiga del novio. Después de unos tragos demás, tomamos ánimo y comenzamos con la ronda de sinceridad entre los integrantes de la mesa. El alcohol hace que afloren los verdaderos sentimientos, y todos y todas comenzaron a exponer sus resentimientos y aprehensiones con el trato humillante que habían tenido en la cena de matrimonio. Y, de pronto, nos transformamos en el clan de la mesa 19: la mesa de los invitados despreciados. Pedimos todo el trago que tuvieran a nuestra mesa, nos emborrachamos y salimos en masa a bailar sobre la pista de baile. Nos sentimos orgullosos de nosotros mismos, nos mirábamos e hicimos guiños mutuos mientras bailábamos, como si fuéramos amigos de toda la vida. Dimos un espectáculo tal, que ya nadie más observó a los novios (quienes se retiraron de la fiesta en el más absoluto anonimato), porque nos transformamos en el centro de la fiesta. Esa fiesta fue nuestra durante el tiempo que duró el efecto del alcohol en nuestros cuerpos. Lo que ocurrió después, no lo recuerdo, pero nuestro desempeño en la pista de baile fue inolvidable.
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