Cada mañana, el gallo de la parcela bate sus alas y lanza su cacareo desafinado. Es la hora en que debo levantarme. Si demoro un poco, no alcanzo a tener leche fresca para el desayuno. Todo se pone doblemente difícil desde que Sofía, mi esposa, se fue hace dos meses a visitar a su hermana a San Efraín, el pueblo próximo al nuestro y que queda a dos días de viaje a caballo. Hace semanas que había comenzado a sentirse mal y no mejoraba. Por eso decidimos que era buena idea que visitara a su hermana, que es una reconocida yerbatera del sector, para que le haga remedio y se pueda mejorar y recuperar bien y, de esta manera, pueda ayudarme con las tareas de nuestra pequeña parcela. Por eso no la pude acompañar. Alguien debía quedarse en la parcela.
El canto del gallo anuncia el inicio de la rutina diaria de las tareas. A las vacas hay que sacarlas temprano del establo para ordeñarlas cuando aún están medias dormidas. La leche sale más caliente y no patean tanto cuando les estoy estrujando las tetillas. Antes de salir de la cabaña, dejo encendida la cocina a leña, para que esté caliente para cuando vuelva con la leche fresca para mi desayuno. Siempre lo acompaño con pan amasado (que dejo cociendo en la cocina, durante la noche) y una paila de huevos (con huevos que extraigo, cada día, al mediodía de los gallineros). Cuando está mi vieja en casa, el pan y los huevos son frescos, del día, pero como ya llevo dos meses solo, debo arreglármelas para hacer todo solito.
El almuerzo ya es otra cosa. No puedo estar preparando comida para el almuerzo todos los días. No alcanzaría a hacer todas las tareas del día. El día domingo, en la noche, cocino un estofado en una olla grande, el que se calienta en la cocina a leña durante toda la semana. Así tengo comida lista para servir a cualquier hora. Claro que, no preparo ensaladas al almuerzo. Me da pereza prepararlas, la verdad.
Cuando llega la tarde, el día comienza el camino de vuelta. Salgo en busca de los animales para arrearlos de vuelta al establo. Les doy de comer y beber, y cierro el portón para que se queden a salvo, hasta el otro día. El gallo de la parcela se mete dentro del gallinero junto a sus gallinas. Imagino que duerme con la esperanza de mejorar su voz al día próximo, pero lo cierto es que va envejeciendo y decayendo cada dìa, y ya hay unos gallos pequeños que ensayan sus cacareos para tomar su turno, cuando su padre gallo ya no tenga voz para anunciar el alba.
El otro día pasó una persona, que venía desde San Efraín, para dejar un recado de mi cuñada: que Sofía había partido y que me esperaban allá para hacer los preparativos de su viaje final. Yo no le creí nada de lo que me dijo. Así que seguí con mi rutina, como todos los días. Ella me dijo que volvería y siempre cumple su palabra. Por eso, a pesar de que ya llevo dos meses solo en la parcela, aún espero su regreso.

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