EL LUGAR DE LOS ANCESTROS

Era costumbre ya arraigada, en la familia de Nicolás, el tener y mantener un huerto de hortalizas en el patio de su casa. Ver matas de verduras por aquí y por allá era parte de su paisaje de infancia. Nico no tenía idea de qué tan antigua era esta tradición. Los Nahuelpán habían cultivado esta costumbre por más de cien años. Siempre vivieron en el mismo lugar: en la Tierra de los Ancestros.


No había comida familiar que no fuese acompañada de una buena guarnición de papas o alguna ensalada con hortalizas del huerto familiar. Por lo que era un hábito diario visitar el patio de la casa, ya sea para cosechar o plantar o regar algo. No había ni horario ni condición climática para ello: en días lluviosos o fríos, de día o de noche. Todos los días, Nico visitaba el patio de su casa, como lo dictaba la tradición.


Sin embargo, aquel día, Nico andaba particularmente distraído. Un asunto ocupaba gran parte de sus pensamientos. En la mañana, su madre le pidió que fuese a la casa de la vecina Asunción a comprar dos kilos de ciruelas, para hacer mermeladas, y a dejar un pantalón del papá para hacerle la basta. Le entregó un billete de diez mil pesos para pagar todo, porque el costo estimado era de tres mil pesos; por lo que, debía volver con siete mil pesos a la casa. No verificó el dinero que llevaba en la mano, sino hasta cuando estaba abriendo la puerta de su casa para entrar. Para su sorpresa, le faltaban mil pesos para completar los siete mil con los que debía volver.


Para su fortuna, en cuanto puso un pie dentro de la casa, su madre le gritó que fuera al patio a recoger una lechuga y dos tomates para la ensalada del almuerzo, pero debía lavarse las manos antes. Así es que, después de lavar sus manos y mientras se dirigía al huerto a buscar el pedido de su madre, Nicolás iba cavilando sobre el destino de los mil pesos faltantes.


Sacó la lechuga del huerto y, mientras se retiraba distraídamente del huerto abriendo la puerta trasera de la casa, su mente le dijo la palabra “tomate”, recordando que eran dos cosas las que debía extraer de la huerta, entonces se giró bruscamente hacia el patio nuevamente, ... y ahí lo vió. Era un hombrecillo pequeño parado entre las zanahorias que se encontraban frente a él. Un ser de unos siete centímetros de estatura, inmóvil, como una figura de juguete. Nicolás estaba igual de paralizado, tratando de distinguir si era una ilusión o no lo que estaba observando frente a él en ese momento. No estaba seguro de lo que estaba viendo. Después de una pausa de unos quince segundos que duró su estupor,  decidió acercarse, sigilosamente, hacia el hombrecillo para verificar si era real. Se agachó frente a él y lo observó estupefacto.


   - Deja de hacer el ridículo, tonto. Si ya te descubrió -dijo una vocecilla desde el lado izquierdo.

   -¡Te dije que no te apresuraras, porfiado! -otra voz desde el lado derecho.


De pronto, eran tres los hombrecillos frente a Nicolás. Se pusieron a discutir y a recrimir al que estaba en el centro porque, por su culpa, habían sido descubiertos por el gigante Nicolás. Los tres vestían ropas de labradores. Campesinos, seguramente, que andaban cosechando en el huerto, al igual que Nicolás. De pronto, uno de ellos le dirige la palabra.


   -Mire, le pedimos disculpas por el susto que le hicimos pasar -era el hombrecillo de la izquierda-. Le sugiero que haga de cuenta que no ha visto nada raro, tome sus dos tomates, entre de nuevo a la casa y aquí no ha pasado nada ¿Qué le parece?

   -¡Basta, Faler! -replicó esta vez el hombrecillo de la derecha-. Estoy harto de todo esto ¿Por qué somos nosotros los que debemos hacernos a un lado siempre? Son ellos los que deben irse de aquí -y continuó con su queja, pero esta vez lo hizo mirando a Nicolás-. Dile a tu familia que deben irse de aquí. Este lugar es nuestro.


Nico estaba boquiabierto, estupefacto, intentando entender qué eran esos hombrecillos y qué es lo que hacían en su patio. De pronto, Nico reaccionó a la interpelación que le estaban haciendo.


   -Espera un poco ¿Qué es eso de que debemos irnos de acá y que este lugar es vuestro? -pregunta Nicolás con el ceño fruncido-. Mi familia ha vivido aquí por generaciones. Los Nahuelpán llegamos a habitar estas tierras hace más de doscientos años y hemos vivido aquí siempre. Así que, quienes deben irse de este lugar, son ustedes.


Ahora Nicolás, con las manos a la cintura, miraba con recelo a los tres hombrecillos, después de la afrenta que le habían lanzado descortésmente. Se irguió aún más para hacer valer su condición de gigante, y se puso de pie, para darle mayor contundencia a su respuesta.


   -No insistas con eso, Eno –le reprendió el hombrecillo de la izquierda– Ya lo han intentado antes nuestros ancestros y siempre perdemos nosotros. Muchas muertes  de los nuestros en el pasado ha acarreado esta reivindicación. Es mejor dejarlo así e ir a escondernos, como lo hemos hecho siempre.

   -No, Faler. Hay que seguir intentándolo, una y otra vez, hasta que se haga justicia.


Eno, el hombrecillo de la derecha, dio un paso al frente, hacia Nicolás para encararlo con mayor ahínco.


   -Nuestros ancestros vivían aquí trescientos años antes de la llegada de los gigantes. Esos Nahuelpán, como los llamas tú. Levantaron muros por allá, cavaron hoyos por acá, encendieron fogatas por ahí y araron la tierra por allá y, sin darnos cuenta, quedamos atrapados bajo su techo. Nuestros ancestros no sabían lo que eran aquellos monstruos gigantes, así que huyeron a esconderse. Desde aquel entonces, ha habido algunos alzamientos de nuestra gente queriendo recuperar, nuevamente, nuestra tierra, pero han sido sofocados siempre de forma violenta. Un buen número de nuestra gente se ha resignado a esta situación, pero yo no.


Con un gesto desafiante, Eno parecía más imponente que Nicolás, a pesar de su escasa estatura.


   -Y, bueno, dime ahora Nahuelpán ¿Se irán de nuestra tierra de una buena vez? ¿Nos dejarán por fin vivir en paz?


Nicolás estaba boquiabierto. No sabía qué pensar. Sus ojos miraban, de un lugar a otro, delatando su confusión. No estaba preparado para responder a aquella afrenta. Así que pensó en una salida alternativa a este incómodo momento.


   -Permiso, necesito sacar dos tomates.


Nicolás se agachó, estiró la mano, sacó los dos tomates y luego se giró para dirigirse de vuelta a su casa.


   -¡Espera! –le gritó Eno– ¿No vas a responder?

   -Mejor hablen con mi madre -respondió Nicolás-. Ella es la que manda aquí -y cerró la puerta tras de sí-.


Ahora eran los tres hombrecillos los que estaban boquiabiertos. No esperaban una respuesta así. Resignados, recogieron sus cosas y continuaron su camino de vuelta a sus hogares. Faler fue el primero en hablar.


   -¿Crees que hablará con su mamá?

   -No lo creo –respondió Eno–. Este es el problema con estos gigantes: Nunca hemos hablado directamente con quienes toman las decisiones entre ellos.



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