Amarró un extremo de un ovillo de lana a cada árbol de la Plaza de Armas y el otro extremo lo ató a un poste al final de cada calle que nacía de ella.
Luego, cerró los ojos y pensó sólo en cosas buenas para la ciudad y, con los ojos aún cerrados, extrajo de su bolso las lanas con los colores que representarían esos buenos deseos. Y comenzó a entrelazar las lanas, desde los árboles de la plaza hasta los extremos de las calles, para construir el mandala que representaría el universo contenido en la ciudad de sus sueños.

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