Era un día de otoño lluvioso y con viento. Uno de esos días en que los paraguas no sirven de nada y, lo único que queda, es apretarse contra la bufanda y las solapas del vestón. En días como este, las calles parecen desiertas. Los únicos sonidos son el viento golpeando las hojas de los árboles y la lluvia golpeando el zinc de los techos.
Me siento como el único habitante de un pueblo desierto. Un caminante de la arena en un día de tormenta. Los ojos entreabiertos distinguiendo la señales del camino que me lleva a casa. A pocos metros de distancia distingo el árbol característico que se encuentra en la esquina de mi calle. Doblo sintiendo el alivio ante el pronto arribo a mi casa. El calor de mi estufa a leña, el placer de mis plantufas y una taza de café.
De pronto, me sobresalto. Algo no está bien. Las ventanas de mi casa están abiertas y se oyen voces en el interior. Risas. Mucha gente en el interior. Con el miedo anudado en mis tripas, me armo de valentía, abro la puerta y entro a mi casa.
Las ocho personas se paralizan y me quedan mirando: 6 hombres y 2 mujeres. Cuatro de ellos están sentados a la mesa jugando a los cachos y, los restantes cuatro (entre ellos las dos mujeres), están sentados en los sillones y mi sofá, aparentemente conversando. Todos tienen vasos de cerveza en la mano. “¿Quiénes son ustedes?”- les interrogo con la autoridad que me da el ser el propietario del inmueble. “Somos amigos de Manuel. Y tú ¿Quién eres?”- me devuelven la pregunta como si el tal Manuel (su amigo) fuese el propietario. “Quiero que se marchen todos de mi casa en este momento”. Sus miradas se cruzan con asombro y, luego de un segundo de silencio, estallan en carcajadas. “Saquen a este loco de aquí”.
Me quedé paralizado. No sabía cómo explicar lo que estaba ocurriendo. Me sentí fuera del tiempo. Para ellos, yo era un loco que apareció sorpresivamente en la casa de Manuel. Sí, Manuel que nos llamó, a cada uno, para invitarnos a su casa. “El día está para una reunión”-nos había dicho. Nos reunimos a conversar, tomar unas cervezas y jugar a los cachos y, de pronto, entra un tipo diciendo que era el dueño de casa y que nos deberíamos ir de ahí. Lo tomamos entre cuatro y lo sacamos hacia la calle. El tipo no opuso resistencia cuando lo dejamos parado en la vereda.
Nos reímos mucho después de eso. Cuando vuelva Manuel le contaremos la anécdota. Una de esas anécdotas que sólo pueden ocurrir en un día de otoño, tan extraño como este.

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