LA CASA DE LAS PLANTAS

Un día conocí una casa extraña. En realidad, a una mujer extraña. Las casas reflejan a las personas que viven en ellas. Y es que en este trabajo, de gasfitero, uno tiene la oportunidad de conocer muchas casas. Y muchas personas. Casas extrañas, he conocido varias, pero ninguna como aquella.

La mujer que llamó a mi teléfono, para solicitar mis servicios, tenía una voz sensual. De esas voces de mujer que hacen que tus hormonas se remuevan. Pero, generalmente, las mujeres que tiene voces sensuales, no lo son en vivo y en directo. Así es que no tenía muchas expectativas sobre ella (la experiencia te enseña).

Antes de llamar al timbre de la casa, ya sentía una extraña sensación. ¿Has visto alguna vez una casa rodeada por plantas?. Me imagino que sí, pero te aseguro que no has conocido ninguna como esa.

La mujer que salió a recibirme, tenía una hermosa cabellera negra, y unos ojos hipnotizadores. Su forma de caminar, y su voz, eran absolutamente sensuales. En ese momento, me di cuenta que estaba frente a la misma mujer que me habló por teléfono. Mi reacción, y también mi cara, deben haber parecido muy estúpidas, porque demoré, no sé cuanto tiempo, en darme cuenta de que tenía que hablarle (y no sólo contemplarla).

Me hizo entrar a la casa, para mostrarme el lugar donde tenía que efectuar las reparaciones. Entrar en esa casa fue otra cosa. Si por fuera, se veía una casa rodeada por plantas, por dentro era como ingresar a una selva. No se me hizo difícil adivinar la razón del desperfecto. Las cañerías del lavaplatos, estaban atestadas de raíces. Lo extraño, era que no necesitaba el artefacto para lavar platos, sino para regar sus plantas. Toda la casa era un hábitat para las plantas. Las personas no tenían cabida en ese lugar. Y, sin embargo, era el hogar de aquella mujer. Así lo hacia ver aquella mujer.

Se sintió muy aliviada cuando terminé mi labor y logré reparar el desperfecto (claro que sin cortar ninguna raíz, como me lo había pedido). Y yo quedé embriagado, al contemplar su rostro una vez más.

En medio de aquel ambiente exótico, fui salvado por mi anillo de matrimonio. Si no hubiera logrado tocarlo, y con ello haber despertado del embrujo, hubiera caído ante la encantadora tentación de convertirme en su esclavo, en el momento en que ella se abalanzó sobre mi para darme un beso de agradecimiento.

Mi despedida fue más corta que la de un preso que se va a fugar.
Nunca más volví a ese lugar, aunque de noches su nombre aún me llama en sueños.

Oh!, Poison. Dulce veneno. Eres como la flor que somete a la abeja a la agradable sensación de ser su esclavo. Tú eres la flor que me dio ese veneno con gusto y aroma a néctar. La flor que no se marchita en otoño. Y yo soy tu abeja. Tu abeja fiel y esclava.

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