El Mundo de Miricio Man
viernes, enero 26, 2007
LOS LANZA VIENEN DE ESPAÑA
Pero ahora que recuerdo bien, mi orgullo por ello, comenzó cuando estaba en sexto básico. Antes de eso, pensaba que ser un “lanza”, era algo malo. Y yo no era eso. Todo lo contrario. Era el mejor alumno del colegio, y el alumno más aventajado en matemáticas. Mis padres, profesores y gente mayor que sabía de esto, me decían que era un niño muy inteligente y que esto me abriría muchas puertas en el futuro. Pero, cuando me gritaban “lanza”, mis compañeros de cursos y el resto de los niños del colegio, me hacían sentir como si fuera el más malo.
Gracias a Dios, ese año tuve clases de Religión. Ahí pude desahogar todas mis inquietudes que no tenían que ver con Matemáticas, Castellano, Historia, Cs. Naturales o Artes Plásticas. La profesora se llamaba Srta. Constanza (nunca me olvidaré de su nombre). Había que decirle “Señorita” aunque ya era mayor de edad. Se caracterizaba por ser muy catedrática al momento de aclarar alguna duda (cosa que jamás lograba). Sus respuestas eran muy extensas y en un lenguaje que ninguno de nosotros lograba entender. Usaba muchas palabras raras, y ninguno de nosotros se atrevía a preguntar su significado por temor a otra de sus largas respuestas.
Se dijo que su actitud, algo altanera por momentos, se debía a que los demás profesores la miraban en menos, porque decían que había “entrado por la ventana”. Ahora que soy más grande, y entiendo lo que eso significa, creo que sólo eran celos profesionales. En todo caso, injustos. La Srta. Tenía vocación para la pedagogía.
Antes de conocerla, mis compañeros me llamaban “lanza”, por el hecho de que yo nunca compraba algo del quiosco del colegio, sino que lo tomaba y listo. La abuelita nunca me dijo nada, y creo que era porque ella entendía lo mismo que yo. Era lógico : ellos debían pagar por lo que ella ofrecía en el quiosco, pero yo no, pues era el mejor alumno del colegio. Mi confusión sobre si aquello era bueno o malo, me duró hasta que acudí a la Srta. Constanza.
Nunca olvidaré aquel día. Me acerqué a ella y le pregunté : “Srta. Constanza, ¿de dónde vienen los ‘lanza’?”. Y ella me respondió (con esa voz tan parsimoniosa y la vista en el cielo) : “Los ‘Lanza’ vienen de España. Uno de ellos, Don Benito, fue hombre de confianza de la Reina Isabel II, y se casó con Doña María Pignatelli, quien era Duquesa, Marquesa y Princesa. ¿Por qué lo preguntas?”. “Por nada”, le respondí.
Y desde ese día, nunca más me avergoncé por tomar lo que, por derecho, me corresponde.
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martes, enero 23, 2007
MI ÚLTIMA OPORTUNIDAD
Un par de cosas me mantienen aún en esta ciudad de Carahue. Una, el poder recopilar datos para escribir mi reportaje, y la otra, mi orgullo. Llevaba ya dos semanas sin conseguir nada. El hecho que esperaba todas las noches que ocurriera, ansioso con mi cámara, parecía esconderse de mi. Mi grabadora de mano se convirtió rápidamente en un artefacto sin utilidad. La gente del lugar me mira de manera extraña, como si fuera un delincuente o algo así, un personaje peligroso, una persona no deseada. Un profanador. Mi editor me había gritado la noche anterior, que no deseaba más pérdida de tiempo, ni de dinero, en ese lugar tratando de cazar un rumor sin trascendencia. Mi trabajo parecía estar en una condición muy peligrosa a causa de mi obstinación por aquel reportaje, pero eso no era muy diferente a mi situación antes de él, pues me había convertido en un reportero en decadencia, camino a la extinción. Mi carrera como periodista exitoso, necesitaba urgentemente de un golpe de suerte que me colocara nuevamente en el lugar de reportero estrella. Y este reportaje lo era ... o, por lo menos, eso es lo que esperaba.
Esta extraña dirección que tomó mi carrera como periodista, comenzó hace un mes atrás, en un bar de mala muerte, conversando con un viejo ebrio que frecuentaba ese lugar. Mi apariencia, por aquel entonces, era muy distinta a la de ahora. Una barba descuidada, un pelo desordenado y sin lavar, y un terno que nadie creería que tenía menos de un año. Mi vida había caído en un agujero sin salida y me había refugiado en el seguro, pero poco saludable, mundo de la bebida. Fue la mejor solución, además de bajo costo, para poder distraer mi mente en resacas y otros malestares producto de la borrachera, en vez de concentrarme (o, mejor dicho, para no concentrarme) en lo suicida que era mi vida en ese momento. En esa condición, con la mirada concentrada en el vaso de bebida que tenía servido, y sin poner mucha atención a la conversación que sostenía el viejo a mi lado, fue que escuché una extraña historia que ocurría a las doce de la noche en la plaza de un pueblo. Cuando levanté mi cabeza, algo arrugada por la curiosidad que me provocaba el relato, para hacer la correspondiente pregunta de “¿ Cómo fue eso?” que contrastaba con la expresión de mi rostro, que comencé a poner más atención en la historia que me estaban contando. La lucidez volvió a mi, al descubrir en ese relato una oportunidad para salir de aquel agujero en el que había caído.
El hecho ocurría en la plaza de la ciudad de Carahue, exactamente a las doce de la noche. Y la historia decía que, si uno cruzaba aquella plaza a dicha hora, se perdía. No me refiero a que desaparece, sino a que, luego de cruzar aquella plaza, apareces en otro lugar. Pude deducir del relato del anciano, que aquel hecho tenía características de un fenómeno sobrenatural. El comportamiento de los individuos, posterior a la experiencia del fenómeno, se caracterizaba por una pérdida de la noción del tiempo y de la memoria. Sólo alcanzaban a recordar que comenzaron a caminar por la plaza, y luego aparecieron en otro lugar. De lo que ocurrió en medio de aquel trayecto, nadie lo recuerda.
Lo que el anciano me estaba contando, lo había experimentado en persona, así como tantos habitantes del lugar. Y era tal el hechizo que aquella historia había provocado en mi, que cuando el viejo me dijo “¡ Le juro por Dios que es verdad !”, yo ya sabía que así era.
Pero lo que al final logró convencerme para que fuera a conversar con mi editor y desafiarle a que me diera la última oportunidad, fue el hecho de que tenía la certeza de que el relato no era una simple leyenda de pueblo chico. Sobre todo porque no era un hecho esporádico que se pudiere dar en cualquier lugar de la ciudad, sino que ocurría todos los días a las doce de la noche en la plaza de Carahue. Es decir, ocurría a una hora y en un lugar específicos. Lo anterior me llevó ha elaborar una hipótesis : Lo que de día se conoce como la famosa plaza de Carahue, a las doce de la noche, se transforma en otra cosa. Y eso es lo que viene a averiguar. Tal vez no se transforma, tan sólo despierta de su letargo. Tal vez alguien construyó algo en aquel lugar, y luego lo disfrazó con el aspecto de una plaza. O tal vez, la misma gente del lugar, quiso esconder algo ahí, construyendo aquella plaza.
Muchas teorías rondaban mi cabeza, sin embargo ninguna era demostrable. Sobre todo porque no tenía pruebas del fenómeno. Y eso es lo que he estado haciendo en estas dos semanas aquí en Carahue. Pero mis esfuerzos han sido infructuosos.
Lo que estas leyendo en este momento, lo estoy escribiendo sentado en uno de los escalones de la iglesia que se encuentra justo en frente de la plaza. Voy ha hacer mi último intento por descifrar este misterio. Son las once horas con cincuenta y siete minutos de la noche del sábado veintidós de agosto de mil novecientos noventa y ocho, y voy a entrar a la plaza con mi cámara y mi grabadora de mano, y dejaré esta nota en este escalón, porque no tengo la certeza de lo que pueda ocurrir conmigo después de esto.
Espero llegar de vuelta, a buscar esta nota, antes de que alguien la lea. Si no es así, significa que mi incursión fue un éxito, ... pero mi reportaje nunca se publicará.
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miércoles, enero 03, 2007
LA CASA DE LAS PLANTAS
La mujer que llamó a mi teléfono, para solicitar mis servicios, tenía una voz sensual. De esas voces de mujer que hacen que tus hormonas se remuevan. Pero, generalmente, las mujeres que tiene voces sensuales, no lo son en vivo y en directo. Así es que no tenía muchas expectativas sobre ella (la experiencia te enseña).
Antes de llamar al timbre de la casa, ya sentía una extraña sensación. ¿Has visto alguna vez una casa rodeada por plantas?. Me imagino que sí, pero te aseguro que no has conocido ninguna como esa.
La mujer que salió a recibirme, tenía una hermosa cabellera negra, y unos ojos hipnotizadores. Su forma de caminar, y su voz, eran absolutamente sensuales. En ese momento, me di cuenta que estaba frente a la misma mujer que me habló por teléfono. Mi reacción, y también mi cara, deben haber parecido muy estúpidas, porque demoré, no sé cuanto tiempo, en darme cuenta de que tenía que hablarle (y no sólo contemplarla).
Me hizo entrar a la casa, para mostrarme el lugar donde tenía que efectuar las reparaciones. Entrar en esa casa fue otra cosa. Si por fuera, se veía una casa rodeada por plantas, por dentro era como ingresar a una selva. No se me hizo difícil adivinar la razón del desperfecto. Las cañerías del lavaplatos, estaban atestadas de raíces. Lo extraño, era que no necesitaba el artefacto para lavar platos, sino para regar sus plantas. Toda la casa era un hábitat para las plantas. Las personas no tenían cabida en ese lugar. Y, sin embargo, era el hogar de aquella mujer. Así lo hacia ver aquella mujer.
Se sintió muy aliviada cuando terminé mi labor y logré reparar el desperfecto (claro que sin cortar ninguna raíz, como me lo había pedido). Y yo quedé embriagado, al contemplar su rostro una vez más.
En medio de aquel ambiente exótico, fui salvado por mi anillo de matrimonio. Si no hubiera logrado tocarlo, y con ello haber despertado del embrujo, hubiera caído ante la encantadora tentación de convertirme en su esclavo, en el momento en que ella se abalanzó sobre mi para darme un beso de agradecimiento.
Mi despedida fue más corta que la de un preso que se va a fugar.
Nunca más volví a ese lugar, aunque de noches su nombre aún me llama en sueños.
Oh!, Poison. Dulce veneno. Eres como la flor que somete a la abeja a la agradable sensación de ser su esclavo. Tú eres la flor que me dio ese veneno con gusto y aroma a néctar. La flor que no se marchita en otoño. Y yo soy tu abeja. Tu abeja fiel y esclava.
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